Atrapé a mi marido con mi mejor amiga y me uní
Esa tarde llegó temprano de la oficina con el olor a perfume barato y los labios hinchados de tanto chupar, pero lo que me dejó con la boca abierta fue verlo dentro de ella, empotrandola contra la pared del salón como si no hubiera un mañana. Mi mejor amiga, la rubia de tetas enormes y piercing en el coño, gimoteaba como una zorra en celo mientras él le clavaba la polla hasta el fondo, y sin pensarlo dos veces me quité el vestido y me quedé en tanga solo para verla bien. El ver su coño empapado y cómo le chorreaba la leche por los muslos me puso más cachonda que nunca, así que me acerqué y le metí los dedos entre las piernas para sentir lo mojada que estaba. Él, al notar mi presencia, me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme frente a su verga sudorosa, que brillaba con los jugos de los dos. Me la metí en la boca sin dudar, saboreando la mezcla de su sudor y el sabor salado de sus corridas anteriores, mientras ella se retorcía de placer al sentir cómo le apretaba el culo con las uñas. La cambié de posición para que se pusiera a cuatro patas sobre el sofá, con su culo gordo y redondo en pompa, y sin perder tiempo le metí la polla hasta la garganta mientras le azotaba las nalgas con fuerza. Los gritos de los tres se mezclaban con los golpes de piel contra piel, el sonido húmedo de sus coños siendo violados y los gemidos de ella pidiendo más. Cuando por fin se corrió dentro de su amiga, el chorro de leche le resbaló por el culo y yo no pude resistirme: me tiré encima de ella y le lamí el coño hasta dejarla limpia, sintiendo cómo se corría otra vez con mi lengua. La noche terminó con los tres enredados en la cama, sudados y jadeantes, mientras él se reía y nos decía que nunca había follado tan rico como con nosotras dos. Y lo peor —o lo mejor— es que al día siguiente volví a repetir la escena, porque verlos así me encendió más que cualquier fantasía.