Enanito famélico se come un coño caliente en dúo
Llevaba días espiando por la ventana cómo la mulata de caderas anchas y tetas desbordantes se masturbaba con los dedos mientras tarareaba reggaetón... La polla le ardía solo de imaginársela empapada de leche condensada entre los muslos, así que no pudo resistirse y tocó su puerta con un pretexto cualquiera. Ella abrió con un vestido tan corto que dejaba ver el coño hinchado y sin bragas, oliendo a azúcar quemada y a sudor fresco, mientras se lamía los labios rojos como fresas pasas. Sin mediar palabra, él la agarró del pelo teñido de negro azulado y la empujó contra la pared del pasillo, donde el aire acondicionado hacía volar mechones de su cabello liso como seda. Con las manos temblorosas, le arrancó el vestido de un tirón y sus tetas enormes rebotaron libres, los pezones duros como botones de camisa, mientras él se bajaba la cremallera de un pantalón holgado que apenas contenía su verga gruesa y morada de venas palpitantes. Ella soltó un gemido que sonó a lamento y a promesa, arqueando la espalda para ofrecerle el culo prieto que le temblaba entre las nalgas redondas, brillantes de lubricante natural que ya le resbalaba por los muslos. Él no perdió tiempo: la levantó como si fuera una pluma, le abrió las piernas con las suyas y le clavó la polla hasta el fondo sin avisar, haciéndola gritar mientras sus uñas se hundían en sus hombros flacos. Las embestidas eran brutales, cada una más profunda que la anterior, y el sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el departamento vacío como un tambor africano. Ella respondía moviendo las caderas en círculos, ordeñando su verga con el coño empapado que chorreaba jugos por cada empalamiento, mientras él le mordisqueaba el cuello sudado y le susurraba obscenidades al oído. Cuando sintió que el orgasmo le quemaba las entrañas como lava, aceleró el ritmo hasta que los dos quedaron jadeando, sudando y oliendo a sexo crudo, con sus pieles pegajosas de fluidos mezclados. Él se corrió dentro de ella con un rugido animal, llenándole el útero de semen espeso que le goteaba por las piernas al separarse, y ella se limpió la boca con el dorso de la mano antes de arrodillarse frente a su verga flácida pero aún manchada de leche blanca, tragándose hasta la última gota de su corrida caliente con los ojos brillantes de lujuria satisfecha.