La alumna caliente me pide más después del ejercicio
La chiquilla estaba sudando como una posesa después de ese maldito ejercicio de abdominales, su uniforme deportivo le marcaba el culito prieto y la blusa transparente dejaba ver esos pezones duros que no paraban de rozarse contra la tela. En cuanto pasé cerca de ella para corregirle la postura, me clavó esa mirada de perra en celo, mordiéndose el labio inferior como si supiera exactamente lo que me pasaba por la cabeza. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró de la cinturilla del short y me arrastró hacia el vestuario vacío, donde el olor a sudor y excitación lo inundaba todo. Sin perder ni un segundo, se quitó las medias blancas y el tanga empapado en jugos se le pegó al coño como si lo hubiera estado frotando contra el banco de gimnasia. La puse de espaldas contra la taquilla fría, le subí la falda hasta la cintura y le metí dos dedos bien adentro para comprobar lo mojada que estaba, sus gemidos agudos resonando en las paredes mientras se retorcía contra mi mano. Cuando por fin saqué la polla dura como un fierro —aún mojada de su propia saliva por la mamada que me había hecho en el baño—, la volteé bruscamente y la empalé contra el banco de pesas sin avisar, su culo redondo tembló al sentirme entrar hasta el fondo sin piedad. Cada embestida hacía que sus tetas pequeñas y naturales botaran salvajemente, sus uñas se clavaban en el metal mientras gritaba que no parara, que le llenara el coño otra vez como la primera vez. Sentí cómo su estrechez me apretaba como un puño mientras se corría en chorros, empapándome las pelotas y la polla de leche espesa, que se escurría fuera de ella y le goteaba por las piernas hasta el suelo. Cuando el último espasmo de placer la abandonó, la dejé caer sobre el banco, exhausta pero con una sonrisa pícara, mientras se limpiaba los restos de corrida de su culo bien usado.