Madrastra cachonda se masturba al llegar a casa
Cada mañana la muy zorra se pone ese vestido ceñido que le marca el culo prieto y los pechos de sacudida, pero hoy la cosa iba más allá: llevaba horas con el coño ardiendo desde que se le ocurrió tocarse los senos frente al espejo del baño. Al cerrar la puerta de casa se arranca las bragas de encaje negro que le aprietan el monte de venus lleno de vello oscuro y se tira en el sofá con las piernas bien abiertas. La rubia no aguanta ni un segundo más: una mano se le escurre entre los muslos gruesos mientras con la otra se masajea los pezones duros como piedras bajo el sujetador de encaje que apenas cubre sus tetas gigantes. Gime fuerte cuando los dedos le resbalan en la raja empapada, sintiendo cómo el clítoris le late como un corazón al ritmo de sus gemidos entrecortados. Se retuerce sobre el cuero del sofá, mordiéndose el labio inferior mientras se corre sin piedad, con los jugos escurriéndosele por el culo redondo y prieto que le tiembla con cada espasmo. No contenta con un solo orgasmo, se levanta tambaleante y se va directa al espejo del pasillo para seguir frotándose el coño empapado contra el cristal frío, dejando manchas de su excitación femenina mientras se mira con cara de puta satisfecha. El vestido ajustado no deja nada a la imaginación cuando se agacha para recoger algo del suelo y deja ver su rajita rosada y húmeda entre las piernas gordas y llenas de curvas, mostrando cómo su coño sigue goteando sin parar. La vecina cotilla que pasa por ahí seguro que ya sabe por qué cada vez que la rubia pasa frente a su ventana, lleva puestos esos vestidos que le aprietan el culo como un guante, porque después siempre regresa con las bragas empapadas y el coño más caliente que el infierno.