Morena deliciosa chupando polla y gritando de placer
Llevaba semanas imaginando cómo se vería su boca rodeando mi verga bien dura, y ahora por fin la tenía ahí, arrodillada en el balcón con el aire caliente pegándosele a la piel sudada. Sus labios carnosos se abrieron al instante al sentir la cabeza gruesa rozarle el paladar, y un gemido ahogado le escapó por la garganta mientras sus dedos se aferraban a mis muslos con desesperación. La morena no era cualquier chica: tenía esa mirada depredadora que te hace temblar, esa piel morena que brillaba bajo el sol del mediodía y ese coño empapado que ya le chorreaba entre las piernas al notar cómo mi polla le estiraba la boca sin piedad. Cada embestida le arrancaba un quejido más fuerte, sus tetas pequeñas se balanceaban al ritmo de mis movimientos y su lengua jugaba con el prepucio hasta dejarme la verga reluciente de saliva. Cuando por fin la solté de la boca, se lamió los labios con avidez y me miró con esos ojos negros llenos de lujuria, suplicando sin palabras que la llenara por donde más le ardía. La empujé contra la barandilla del balcón, le arranqué el vestido fino que apenas le tapaba el culo prieto y le metí dos dedos en el coño sin avisar, sintiendo cómo se contraía de placer al instante. Sus gritos resonaron en el barrio mientras le metía la polla hasta el fondo, empotrandola contra la madera mojada de sudor y excitación, y cada envite le hacía soltar chorros de jugos que le resbalaban por los muslos. La morena se corrió primero, temblando como una hoja, con la boca abierta en un grito mudo y los dedos clavados en mis hombros, pero yo no pensaba parar todavía. La puse de espaldas, le separé las nalgas con las manos y le metí la verga en el culo sin piedad, sintiendo cómo se abría para mí con un gemido gutural que me volvió loco. Cada embestida profunda le arrancaba más fluidos, su coño chorreante goteaba sobre el suelo de cemento mientras yo la follaba sin compasión, hasta que por fin sentí cómo se tensaba entera y se corría otra vez con espasmos que le sacudían todo el cuerpo. La dejé exhausta sobre la barandilla, con las piernas temblorosas y el maquillaje corrido, mientras yo me corría sobre su espalda sudada, dejando hilos blancos que se mezclaban con el sudor y la excitación que aún nos envolvía.