Novia obedece y se traga toda su polla gruesa y dura
Desde que lo vio desnudo por primera vez en la ducha supo que tarde o temprano acabaría con su verga metida hasta la garganta, tragando cada centímetro como si fuera su última comida. Él llegó a casa con esa mirada de puto dominante que la ponía más cachonda que nunca, oliendo a cerveza barata y a sudor después de horas de juerga con los amigos. Sin mediar palabra le agarró la nuca con fuerza y le clavó la polla en la boca hasta tocarle el fondo de la garganta, haciéndola toser mientras los ojos se le llenaban de lágrimas calientes. Ella, lejos de asustarse, abrió más la boca y dejó que le empalmaran la lengua con cada embestida brusca, sintiendo cómo el glande le rozaba el paladar antes de retirarse solo para volver a clavárselo con un sonido húmedo que resonaba en el dormitorio. Los gemidos ahogados se mezclaban con los golpes de cadera contra su cara, el sudor le resbalaba por las tetas mientras los dedos le apretaban los pezones con más rudeza cada vez. De pronto él la agarró del pelo y la obligó a ponerse de rodillas sobre la alfombra, con la espalda arqueada y el culo en pompa, esperando que le metiera toda la verga por el coño empapado sin avisar. La primera embestida fue tan profunda que la hizo gritar con la boca llena, el sonido amortiguado por la carne dura que le llenaba la garganta sin piedad, mientras sus jugos le resbalaban por los muslos dejando marcas brillantes en el suelo. Él no paró ni un segundo, embistiéndola con saña hasta que ella empezó a correrse con espasmos violentos, apretando la polla con su concha caliente mientras él le escupía gruesos chorros de leche espesa en la boca sin dejar de follársela por detrás. La escena terminó cuando ella, exhausta y con los labios hinchados, se tragó hasta la última gota de semen caliente que le resbalaba por la comisura, lamiendo cada resto con devoción mientras los suspiros le temblaban en el pecho. El olor a sexo y a sudor llenaba el aire, mezclado con el sonido de sus cuerpos chocando una y otra vez hasta que los dos quedaron tirados en el suelo, jadeantes y satisfechos, con ella aún chupándole los últimos restos de verga entre susurros de sumisión.