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Alessandra se pone caliente en la terminal de buses

10:03 720P 8 Culos Grandes
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Los tacones le chisporroteaban contra el piso de cemento mientras se mordía el labio viendo cómo ese guardián musculoso se acercaba con esa mirada que le erizaba la piel. Desde que lo vio por primera vez ajustándose el cinturón del pantalón en la garita, supo que ese tipo la iba a empotrar sin piedad, y ahora que la terminal estaba casi vacía, solo los dos bajo la luz amarillenta de los focos, no pudo resistirse más. Él le agarró el pelo con fuerza y le metió la lengua hasta la garganta mientras ella le desabrochaba el pantalón para sacarle esa verga gruesa que le reventaba la tanga de tanto desearla. Con un gruñido salvaje, la empujó contra la pared de los baños públicos y le arrancó la blusa para dejar al descubierto unos pechos enormes que él se llevó a la boca chupando cada pezón hasta que ella gimió como una perra en celo. La polla le rozaba el coño empapado mientras él le susurraba al oído que iba a reventarle el culo allí mismo, y Alessandra solo atinó a gemir suplicando que la embistiera duro, que le metiera toda esa verga hasta el fondo. Se la clavó de un tirón en el coño resbaladizo, empalándola con embestidas brutales que hacían vibrar hasta los azulejos del baño, y ella no paraba de gritar cada vez que la polla le llegaba al útero, sintiendo cómo se le contraían los músculos al borde del orgasmo. Él le agarró las nalgas con las dos manos y la levantó en el aire para follársela de pie, metiéndosela hasta la garganta mientras ella le lamía los huevos y le chupaba la punta como una loca, sintiendo el sabor salado de su pre-semen mezclándose con sus jugos. Cuando él decidió que era hora de darle la vuelta, la puso de rodillas sobre el lavabo y le metió la polla por el culo hasta que ella sollozó de dolor mezclado con placer, sintiendo cómo ese culito ajustado se le abría para recibir cada centímetro de esa verga monstruosa. Para cuando terminó, Alessandra estaba rendida, con el coño chorreando, la boca llena de leche caliente y el culo rojo de tanto empotre, pero aún así no podía parar de gemir mientras él le limpiaba los restos con la lengua entre sus piernas, lamiéndole cada gota de corrida que se le escapaba hasta dejarla completamente seca y satisfecha.

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