Antes de dormir me empotra bien duro por el culo
Esa noche mi amigo llegó con la mirada perdida y la polla ya dura como piedra, solo de verme con ese culo redondo que me hace babear cada vez que me pongo el tanga ajustado. Me empujó contra la pared del baño sin mediar palabra, sus manos gruesas me agarraron de las caderas mientras su boca se clavaba en mi nuca, mordisqueándome la piel con esa urgencia que solo tiene cuando lleva días imaginando cómo reventarme el culo. Yo ya estaba empapada, el coño me ardía solo de pensar en la invasión que venía, así que me agaché un poco más y le ofrecí el culito bien abierto con un gemido que le volvió loco. Él no se hizo esperar, escupió en su mano para lubricar mi entrada con saliva caliente mientras con la otra mano me apretaba las tetas, que le rebotaban cada vez que me empujaba hacia adelante. El primer envite fue brutal, la punta de su polla enorme me abrió de golpe y sentí cómo el dolor se mezclaba con un placer sucio que me recorrió la espalda como un calambre. Grité su nombre con la voz quebrada, los ojos llenos de lágrimas por lo intenso que era sentirlo dentro sin piedad, sus embestidas fuertes y profundas que me hacían botar las nalgas como un flan, cada golpe resonando en el silencio del cuarto. Él me susurraba guarradas al oído, prometiéndome que me iba a dejar el culo marcado con sus huellas, que no pararía hasta hacerme correrme como una perra en celo. Yo solo podía moverme como una muñeca rota, sintiendo cómo su verga gruesa me estiraba hasta el límite mientras el lubricante natural de mi coño mezclado con sus sudores resbalaba por mis muslos. Cuando por fin me empaló hasta la raíz, sentí cómo su barriga golpeaba contra mis nalgas y su respiración se volvió un jadeo animal, como si ya no pudiera aguantar más. Entonces cambió de ritmo, sacándola casi por completo para volver a clavármela con un golpe seco que me hizo ver estrellas, y en ese instante supe que me iba a correr. Los gritos se volvieron incontrolables, el coño me palpitaba como loco mientras el culo me ardía de tanto follarme sin piedad, y cuando él me agarró del pelo para arquear mi espalda hacia atrás supe que ya no había vuelta atrás. Su corrida fue brutal, la polla se hinchó dentro de mí como un animal salvaje y sentí cómo su leche caliente me llenaba hasta rebosar, manchándome las piernas y empapando hasta el último rincón de mi trasero que tanto le gusta destrozar. Cuando por fin se retiró, caí al suelo jadeando, con las nalgas doloridas pero con una sonrisa tonta en la cara, sabiendo que esa noche me había dejado más marcada que nunca. Después de todo, su obsesión por mi culito redondo y perfecto no tiene perdón ni atenuantes.