Chica flaca disfruta hablar sucio con hombre maduro
La flaca se mordía el labio mientras le susurraba al oído lo que quería que le hiciera con esa boca tan sucia que tenía, imaginando cómo sería sentir esa lengua experta recorriendo cada centímetro de su piel marcada por tatuajes que se le erizaban al contacto. Él, con esa voz ronca y dominante, le respondió que si quería que le hablara sucio primero tendría que ganárselo, así que le ordenó que se arrodillara y empezara a lamerle los dedos de los pies uno por uno, sintiendo cómo cada lametón le subía un escalofrío por la espalda hasta hacerle gemir entrecortadamente. La flaca, con esa figura menuda y ese culo prieto que le temblaba al moverse, no pudo evitar soltar un gemido ahogado cuando él le agarró el pelo y le empujó la cabeza contra su entrepierna, obligándola a tragarse toda esa polla gruesa y venosa que le llegaba hasta la garganta sin piedad, ahogándose un poco pero sin dejar de mover la lengua alrededor de la cabeza, empapándola en saliva para que cada embestida le doliera un poco más. Él le iba diciendo cosas como que nunca había visto una boca tan dispuesta a tragarse todo lo que le metiera, que le encantaba ver cómo se le marcaban los huesos de la cadera mientras se la tragaba sin rechistar, y ella solo atinaba a gemir con la boca llena, los ojos vidriosos de tanto placer y las piernas temblorosas de anticipar lo que vendría después. Cuando por fin la soltó, con la saliva colgando de sus labios y la garganta escocida, él le ordenó que se pusiera a cuatro patas en el suelo, levantando ese culito en pompa para que pudiera ver cómo se le contraían las nalgas al prepararse para recibir cada embestida. Él no perdió tiempo y se la empotró de golpe, sintiendo cómo su coño estrecho y caliente se abría para recibirlo, chorreando ya por lo mojada que estaba, mientras ella gritaba con cada embestida profunda que le llegaba hasta el útero, pidiendo más sin pudor, suplicando que no parara hasta correrse sobre esa polla que la partía en dos. Entre gemidos y maldiciones, él le agarraba las caderas con fuerza, dejando marcas rojas en su piel blanca mientras la follaba como si no hubiera mañana, sus tetas menudas balanceándose con cada movimiento brusco, los pezones duros como piedras rozando el suelo. Cuando sintió que se acercaba el orgasmo, él le ordenó que se corriera primero, así que le metió los dedos entre las piernas mientras seguía empotrandola, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga, empapando todo de jugos hasta que no pudo aguantar más y se dejó ir con un gruñido gutural, llenándole el coño de leche caliente mientras ella se derrumbaba sobre el suelo, exhausta y satisfecha, con el cuerpo tembloroso y un sabor a salitre en la boca que no podía sacarse de la cabeza.