Desconocido ayuda a la morena y la empala en carretera
Llevaba el vestido pegado al cuerpo por el calor cuando paró el auto en el arcén de la carretera desierta, necesitando ayuda con el carro que se le había muerto. El tipo, alto y de sonrisa pícara, bajó con esa polla dura que se le notaba incluso bajo el pantalón ajustado mientras se acercaba con paso seguro. Ella, morena de curvas exuberantes y caderas que bailaban bajo la falda corta, lo miró de arriba abajo con los labios entreabiertos y los pezones marcándosele bajo la tela fina del vestido. Sin decir ni pío, él la empujó contra el capó caliente del coche mientras sus manos grandes le agarraban el culo prieto y se lo apretaban hasta dejarle los dedos marcados en la carne. El primer empalamiento fue brutal: la polla gruesa le abrió el coño mojado de golpe, haciéndola gritar con la boca llena de babas mientras sus uñas se clavaban en el metal del coche. Ella empezó a mover las caderas al ritmo de sus embestidas, sintiendo cómo la verga le llegaba hasta las entrañas cada vez que se la hundía hasta el fondo, mojando el cuero del asiento con los jugos que le brotaban del coño empapado. Él le bajó la falda de un tirón hasta la cintura, dejando al descubierto ese culo redondo y palpitante que se le movía como un flan con cada embestida, mientras con una mano le sujetaba la cintura y con la otra le sobaba los pechos generosos que se le salían del escote. La morena no paraba de gemir, con los ojos vidriosos y la cara roja de tanto placer, pidiendo a gritos más fuerte mientras le rogaba que no se detuviera. Cuando él le metió los dedos entre las piernas para palparle el clítoris hinchado, ella no pudo aguantarse más y se corrió a chorros, empapándole la mano de leche espesa que le escurría por los muslos mientras seguía follándola sin piedad. El desconocido, con los huevos bien cargados, le dio la vuelta de un tirón y la puso a cuatro patas sobre el capó, empotrandosela por detrás con tanta fuerza que el coche entero temblaba con cada embestida. Ella no paraba de chillar, con el coño goteando leche por todas partes y el culo abierto de tanto ser usado, mientras él le metía la polla hasta la garganta y se la tragaba entera, ahogándose con la verga gruesa que le llenaba la boca hasta el fondo. La corrida final fue épica: él le soltó toda la leche dentro, llenándole el útero de semen caliente que le resbalaba por las piernas mientras los dos jadeaban y sudaban bajo el sol de la carretera. Cuando por fin se separaron, ella quedó tirada sobre el capó, con las medias rotas, el vestido empapado en sudor y el coño goteando leche por dentro y por fuera, mientras él se abrochaba los pantalones con una sonrisa de satisfacción y se marchaba sin decir adiós, dejando atrás a la morena temblorosa y completamente saciada.