Dos amigas se lamen y se corren con pasión
Maya y Bia llevaban meses viéndose en el gimnasio, pero hoy decidían dar el primer paso sin excusas. La primera vez que sus lenguas se rozaron sobre los labios hinchados de la otra, ambas soltaron un gemido ahogado que les erizó la piel. Maya, con su culo bien marcado y esos pechos grandes que se balanceaban al ritmo de cada movimiento, se arrodilló primero frente a Bia, hundiendo la cara entre sus muslos empapados sin pensarlo dos veces. La saliva le resbalaba por la barbilla mientras devoraba ese coño prieto y caliente que olía a sexo recién empezado, chupando los pliegues con avidez hasta que Bia se agarró a su pelo y le obligó a seguir. Con un suspiro entrecortado, Bia la empujó contra el sofá, tumbándola bocarriba para montarla boca abajo, lamiéndole la raja desde el ano hasta el clítoris mientras le agarraba las tetas con fuerza y le mordisqueaba los pezones duros. Maya no pudo aguantar más y, con un grito gutural, se corrió escupiendo chorros sobre la cara de su amiga, que inmediatamente se lanzó a lamerle los jugos sin perder un segundo. Las dos se revolcaron en un lío de piernas entrelazadas, caderas chocando y bocas buscando carne caliente sin parar, hasta que Maya, con los muslos temblorosos, le suplicó que la penetrara por detrás. Bia, sin dudar, se colocó detrás y le clavó su polla gruesa en el coño empapado, empotrándola contra el respaldo del sofá mientras le agarraba las nalgas firmes para marcar el ritmo. Cada embestida hacía que Maya gritara de placer, con sus tetonas botando y su boca abierta buscando aire, hasta que ambas explotaron en un orgasmo simultáneo que las dejó jadeando sobre el suelo, pegajosas y satisfechas, con los cuerpos brillando bajo la luz tenue de la sala. Pero eso no fue todo: antes de que pudieran recuperarse, Maya se agachó y se tragó la polla aún dura de Bia, chupando con desesperación mientras le acariciaba los huevos llenos, saboreando el pre-semen que ya asomaba en la punta. Bia, con los ojos en blanco, le agarró la cabeza y se la empotró hasta la garganta, corriéndose en su boca en largos chorros espesos que Maya tragó sin perder una gota, lamiéndole después los labios hinchados con una sonrisa pícara.