Hermanastra tetona me folla en la cama de vacaciones
Desde que llegó con ese short ajustado que le marcaba el culo prieto y esa camiseta sin sujetador que le apretaba las tetas enormes, no podía quitarle la mirada de encima. Cada vez que se agachaba para recoger su toalla mojada o para alcanzar el control remoto, sus pezones duros se le marcaban bajo la tela, y yo solo pensaba en lo que haría con esa bocota de puta caliente. La primera noche no resistí más: le agarré la mano y la llevé hasta mi polla palpitante, que ya estaba dura como un fierro y leuntaba contra mi pantalón. Ella se rio con esos labios carnosos y húmedos, pasando la lengua por ellos antes de bajarse los shorts hasta los tobillos, mostrando un coño depilado y chorreante que pedía a gritos que la empotrara. La tumbé boca arriba en la cama, con esas tetas gigantes rebotando cada vez que la agarraba por las caderas para clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo su carne temblaba y sus gemidos ahogados llenaban la habitación. Cambié de posición para que se sentara a horcajadas sobre mí, sus muslos gruesos apretándome mientras se empalaba con mi verga gruesa, sus tetas botando salvajemente cada vez que se dejaba caer con fuerza sobre mi entrepierna. No tardó en correrse, mojándome los huevos con su leche espesa mientras gritaba mi nombre entre jadeos, pero yo no me detuve: la giré sobre su barriga y le di por el culo gordo que tanto deseaba, sus nalgas temblando con cada embestida profunda que le daba sin piedad. Cuando por fin me derramé dentro de ese coño ya bien usado, ella se quedó quieta, sudorosa y satisfecha, con las piernas temblorosas y el culo lleno de mi leche caliente. Quedamos así, jadeando y sudados, sabiendo que esto no sería solo un polvo de vacaciones, sino el inicio de algo mucho más sucio y adictivo.