Kathy, la mamacita de tetas grandes se traga toda la verga negra
Desde que la conoció en un bar de mala muerte, él no paraba de pensar en cómo sería sentir aquellos labios carnosos rodeando su tronco negro sin piedad. Kathy, con sus tetas enormes balanceándose cada vez que se movía, se acercó con una sonrisa pícara mientras él se bajaba los pantalones mostrando su verga gruesa y circuncidada, palpitando con ganas de ser devorada. Sin perder tiempo, ella se arrodilló sobre la alfombra desgastada y agarró aquel palo caliente con las dos manos, sintiendo cómo la piel se le ponía tirante bajo los dedos mientras se lo llevaba a la boca, chupando con avidez la cabeza morada y brillante. Los gemidos de él resonaban en las paredes del pequeño apartamento mientras ella tragaba hasta la mitad, con la garganta trabajando como una profesional, lamiendo las venas marcadas que latían bajo su lengua. De pronto, él la agarró del pelo y la empujó más abajo, hasta que ella sintió que le rozaba la campanilla, tosiendo un poco pero sin soltar ni un centímetro, con los ojos llorosos de tanto esfuerzo pero con el coño ya empapado por la excitación. "Más, perra, métetela toda", le gruñó él mientras le agarraba las tetas con fuerza, apretando aquellos pezones oscuros y duros como piedras que se le clavaban en las palmas. Kathy obedeció sin chistar, bajando hasta que su nariz quedó enterrada en el vello negro y grueso de sus bolas, sintiendo el olor a sexo y a hombre sudado que le nublaba los sentidos mientras él le embestía la garganta con movimientos lentos pero brutales. Cuando por fin se retiró, le escupió en la cara un hilo de saliva espesa que le resbaló por la mejilla hasta el cuello, y ella se lamió los labios antes de que él la levantara a la fuerza, hundiéndola de espaldas sobre el sofá viejo que crujía con cada movimiento. Kathy abrió las piernas de par en par, mostrando su coño rosado y chorreante, ya listo para recibir aquel tronco negro que le partía el culo en dos con cada embestida, sus tetas rebotando violentamente contra su pecho mientras los gritos de placer llenaban el aire. Él la penetraba hasta los huevos, sintiendo cómo su verga desaparecía por completo dentro de aquel agujero estrecho y caliente, que se le aferraba como un guante mojado mientras ella se retorcía bajo su peso, suplicando por más. Cuando sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un relámpago, él se salió de golpe y le disparó un chorro grueso y espeso directamente en la cara, cubriéndole los labios, la nariz e incluso los ojos con su leche caliente, que le resbalaba por el pelo enredado mientras ella se limpiaba con los dedos y se los llevaba a la boca, saboreando cada gota con avidez antes de que él la volteara como un trapo y le metiera la verga hasta el fondo, corriéndose dentro de su coño con un rugido animal mientras sus jugos se mezclaban con la leche que ya le goteaba por las piernas.