Madrastra caliente me deja dormir con ella por rumores raros
La mamá de mi mejor amigo siempre me lanzaba miraditas de arriba abajo cuando llegaba a la casa con el torso al descubierto, pero hoy sus ojos brillaban más que nunca. Mientras el viento silbaba afuera y un ruido extraño venía del sótano, ella se quitó la bata de un tirón dejando al descubierto sus tetas grandes y prietas, los pezones duros como piedras. Me quedé con la boca abierta al ver cómo se mordía el labio inferior y me arrastraba hacia su cuarto con un dedo enroscado en su cinturilla de encaje. La cama crujió bajo nuestro peso cuando me tumbé encima de su cuerpo curvilíneo, hundiendo mi cara entre sus muslos anchos que ya olían a coño mojado y a sudor dulce. Su mano me guió la polla dura hasta su entrada, resbaladiza y caliente como mantequilla derretida, mientras gemía con voz ronca pidiendo que la empotrara sin piedad. Las embestidas sonaron como un martillo contra madera vieja, su culo redondo rebotando cada vez que su carne chocaba contra la mía, dejando marcas rojas en sus muslos blancos. Sus gritos agudos llenaron la habitación mientras sus uñas se clavaban en mi espalda, pidiendo más y más hasta que su coño se abrió como una flor en primavera, empapando las sábanas de su jugo cremoso. El primer chorro de leche espesa le bañó las paredes internas mientras ella se arqueaba como una gata en celo, temblando de pies a cabeza con la boca abierta en un gemido que casi me revienta los tímpanos. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y me susurró al oído que la próxima vez traería un consolador gordo para que le reventara el culo también, mientras su coño seguía goteando leche blanca por las esquinas de sus piernas