Mientras me dan la espalda me excito y me uno a follar
Ella estaba ahí, con su culo prieto y esos pechos naturales que se le movían cada vez que su novio la embestía por detrás, yo solo podía mirar desde la cama cómo él le metía la polla bien dura sin piedad mientras ella gemía con la cara contra el colchón. Los sonidos que salían de su boca eran pura obscenidad, un 'ay, papi, más fuerte' que me hizo saltar de la cama con el coño ya empapado y los pezones duros como piedras. No aguardé ni un segundo más, me acerqué sin hacer ruido y le pasé la mano por la espalda mientras él le abría más las piernas para clavársela hasta las pelotas. Ella ni se enteró al principio, demasiado ocupada con el polvo que le estaban metiendo, pero cuando le agarré el culo con las dos manos y le apreté contra mi boca, soltó un gritito que casi se ahoga entre los gemidos. '¿Qué coño...?' balbuceó, pero antes de que pudiera terminar la frase ya le estaba chupando el clítoris mientras él seguía empotrándola sin piedad, su verga resbaladiza de sus jugos se hundía una y otra vez en ese coño que olía a sexo y sudor. Se la agarré con fuerza del pelo para que no se moviera y le metí dos dedos dentro mientras él le daba suelta al animal que llevaba dentro, embestidas tan brutales que el cabezal de la cama golpeaba contra la pared con cada empujón. Ella ya no podía pensar, solo sentir, con los muslos temblorosos y el coño tan mojado que los jugos le resbalaban por las piernas, así que cuando le susurré al oído 'ahora te toca a ti aguantar', se quedó quieta un segundo antes de arquear la espalda y empezar a mover las caderas al ritmo de mis embestidas. Yo iba por detrás, con las tetas apretadas contra su espalda sudorosa, sintiendo cada gemido que se le escapaba cuando le metía los dedos en la boca para que los chupara mientras él le seguía metiendo la verga por el otro lado. Los tres éramos puro instinto, sin vergüenza, sin límites, solo el sonido de la piel chocando contra la piel, los jadeos entrecortados y el olor a sexo que lo inundaba todo. Él no tardó en correrse dentro de ella, gruñendo como un animal mientras le llenaba el coño de leche caliente, pero yo no me detuve ahí, le di la vuelta sobre la cama y me la tragué entera, su coño ya inundado de esperma y sus jugos mezclados, lamiendo cada centímetro mientras ella se agarraba a las sábanas y gritaba como una loca. Cuando por fin me corrí sobre su cara, los tres quedamos tirados en la cama, sudados, jadeantes y con las camas empapadas de tanto gozar, sin poder creer que hubiéramos pasado de mirarnos la espalda a destrozarnos de esta manera.