Transexual con tacones chupa polla hasta ahogarse
Los zapatos de aguja le resbalaban en el suelo de mármol cada vez que se arrodillaba más cerca de su verga bien gruesa, que ya goteaba gotas de pre-semen sobre sus labios carnosos y pintados de rojo pasión. Al sentir el olor a sexo mezclado con el perfume barato que se le había pegado en la piel sudorosa, se le humedeció el coño al instante, aunque llevaba el tanga negro tan ajustado que solo le dejaba respirar el vello rizado de su entrepierna. Con las manos temblorosas, se agarraba los pechos falsos pero firmes mientras abría la boca como una puta hambrienta, dispuesta a tragarse hasta la última gota de esa polla enorme que le colgaba a centímetros de su lengua. El primer empujón la hizo ahogarse con el glande, pero en vez de retroceder, clavó las uñas en los muslos musculosos de él y se clavó más profundo, sintiendo cómo la punta le rozaba la campanilla mientras los aretes de aro le bailaban en las orejas al ritmo de sus gemidos ahogados. Él le empujaba la cabeza contra su pelvis cada vez que ella intentaba tomar aire, obligándola a tragar saliva espesa mezclada con el sabor salado y amargo de su verga, que se le resbalaba por la garganta como si fuera un trago de licor fuerte. Mientras tanto, con la otra mano le apretaba el culo bien prieto, metiendo los dedos por debajo del elástico de la tanga para masajearle el ano relajado, que ya se le abría sin resistencia ante la idea de que pronto le empotrarían un consolador gigante por detrás. Los gemidos se le convertían en gorgoteos cuando él le ahogaba la garganta con embestidas lentas pero brutales, haciendo que los jugos de su coño empapado le resbalaran por los muslos, manchando el suelo de un líquido espeso y brillante. Cuando ya no pudo más, se retiró un segundo para escupir un hilo de baba mezclada con semen sobre sus tetas falsas, pero antes de que pudiera recuperar el aliento, él le metió dos dedos en la boca y le obligó a chuparlos mientras le susurraba al oído lo puta que era por quererle hasta ahogarse. Entonces, sin previo aviso, le arrancó la tanga de un tirón y la empujó contra la pared, levantándole las piernas delgadas pero bien torneadas para clavarle el consolador gigante en el culo, que se le abrió como mantequilla caliente mientras ella gritaba sin voz, con la garganta aún irritada por los anteriores embates. Los gritos se le cortaron cuando él le metió la polla por el coño empapado y empezó a empotrarla como un animal, haciendo que el consolador se le saliera a cada embestida mientras los jugos le resbalaban por las nalgas redondas y sudorosas. En menos de un minuto, los dos estaban cubiertos de sudor y semen, con ella corriéndose en oleadas sobre la polla que la penetraba sin piedad, mientras él le llenaba la garganta de leche espesa que ella tragaba con avidez, ahogándose pero disfrutando cada segundo de esa follada salvaje y sin límites.