La novia trans se empotra con verga dura en su noche de bodas
Gabriella Andrade llegó al altar con un vestido que apenas le tapaba el culo prieto y unos tacones que hacían temblar el suelo cada vez que caminaba. El novio, un macho sudoroso con la polla ya dura como piedra bajo el esmoquin, no pudo resistirse cuando ella se agachó a ajustarle los gemelos y le rozó sin querer la verga con el escote. Gabriella soltó una risa traviesa mientras le susurraba al oído que el vestido de novia era solo un pretexto, que lo que realmente quería era que le diera duro en el altar antes de que llegaran los invitados. Él no necesitó más, le arrancó el velo de un tirón y la empujó contra la mesa del banquete, donde el mantel voló por los aires dejando al descubierto copas y cubiertos que tintinearon como campanas de advertencia. Gabriella se dobló sobre la mesa con el culo en pompa, las medias rasgadas en los muslos y el coño chorreando de lo excitada que estaba, mientras él escupía en su mano y se untaba la verga gruesa y venosa antes de clavársela hasta el fondo sin piedad. Los gemidos de ella resonaban entre las paredes como cantos de sirena, mezclados con los golpes húmedos de su carne contra la de él, que la empotraba sin compasión mientras le agarraba las tetas por debajo del corsé. El novio le metía la verga hasta la garganta, obligándola a tragar cada centímetro hasta ahogarla, mientras con la otra mano le metía los dedos en el culo para prepararla para el siguiente envite. Gabriella se corrió primero, con espasmos violentos que le sacudieron el cuerpo entero, rociando el mantel con chorros de leche espesa que le resbalaban por los muslos, pero él no se detuvo ahí: siguió metiéndosela con más furia, sacándole la lengua y ahogándola en su propio sabor mientras le llenaba el coño de semen caliente que se le escurría por las piernas. Cuando por fin se corrió dentro de ella, le dejó la verga bien plantada en el agujero del culo y le escupió en la cara antes de correrse en su boca abierta, dejándola con gotas blancas en los labios y los ojos vidriosos de placer. La mesa quedó hecha un desastre, el anillo de bodas perdido entre los platos rotos y el vestido de novia manchado de lujuria, pero a Gabriella solo le importaba una cosa: que la next vez que se casara, fuera con él... y otra vez en el altar.