Vecina latina se deja empotrar con el culo al aire
Llevaba semanas mirándome con esos ojos de puta cachonda cada vez que salía de la ducha con la toalla mojada pegada al cuerpo. Hoy no pudo resistirse cuando la empujé contra la pared del pasillo y le arranqué el vestido de un tirón, dejando al descubierto sus tetas duras y su coño empapado que ya goteaba sin control. Sin perder tiempo, le bajé las bragas de encaje hasta los tobillos mientras ella gemía con voz ronca, suplicando que le metiera la polla hasta el fondo. Con una mano le agarré el culo prieto y la empalé contra la pared, sintiendo cómo su carne temblaba al ritmo de mis embestidas brutales que le sacudían los pechos hacia adelante y atrás. Cada envite le arrancaba gritos agudos mezclados con los sonidos húmedos de su coño siendo violado sin piedad, mientras sus uñas se clavaban en mis hombros dejando marcas rojas que después lamí con la lengua mientras le susurraba groserías al oído. La tenía tan mojada que cada vez que entraba hasta el fondo, un chorro de sus jugos me resbalaba por los huevos, empapando también sus muslos temblorosos. Cuando por fin la giré de espaldas y la doblé sobre la mesa de la cocina, sus nalgas redondas y palpitantes me recibieron como un puto imán, su culo abierto y listo para que le reventara las entrañas con la verga enhiesta. No pasó ni medio minuto antes de que sus piernas comenzaran a convulsionar y sus gemidos se convirtieran en un aullido animal mientras la primera oleada de leche espesa le inundaba el útero, haciéndola temblar como una hoja bajo mi peso. Seguí dándole hasta que los dos quedamos exhaustos, su cuerpo sudoroso pegado al mío mientras recuperábamos el aliento entre risas y jadeos, con sus jugos aún goteando por el borde de la mesa y su mirada de puta satisfecha clavada en la mía.