Dominadora morena revienta culos con flatulencias
La morena de nalgas gigantes llegó con su máquina de gases y no perdonó a nadie, menos a su sumisa regordeta que ya estaba empapada de sudor antes de que empezara el espectáculo. Con los pies descalzos pisando su espalda, le clavó el culo en la cara mientras le susurraba al oído que aguantara sin llorar, pero esa puta gorda no podía evitar gemir como cerda en celo cada vez que le reventaba el culo con otro pedo bien cargado. La morena, que olía a cebolla podrida y a sudor de gimnasio barato, le metió la mano en el coño para comprobar lo mojada que estaba y se rio al sentir los jugos resbalando entre sus dedos gruesos. La sumisa, con las mejillas rojas y los pezones duros como piedras, intentó aguantarse pero al final soltó un pedo que sonó como un trueno en medio de un gemido ahogado, lo que solo hizo que la morena se pusiera más caliente y le empotrara la cara contra el colchón para que no escapara de su castigo. La morena, con una sonrisa perversa, le ordenó que se pusiera boca arriba y le abrió las nalgas hasta que el ano quedó al aire, rojo y tembloroso, listo para recibir el siguiente chorro de aire caliente que le quemaba la piel al salir. Cada flatulencia que le lanzaba venía acompañada de un empujón brusco con las caderas, haciendo que el culo de la regordeta botara como gelatina mientras los gases le entraban por la boca y la nariz, dejándola sin aliento y con los ojos lagrimeando. La morena no se conformaba con un solo round, así que le dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y las tetas colgando como sacos de arena, mientras le metía los dedos en el coño para que no se le pasara el morbo de sentir cómo se le escapaban los gases entre las piernas temblorosas. Cuando la regordeta ya no podía más, la morena le dio un último empujón brutal y le soltó un pedo tan fuerte que le levantó el vello de la entrepierna, haciendo que la sumisa se corriera sin poder evitarlo, mojando las sábanas como una perra en celo mientras gritaba que no podía más pero sin moverse del sitio. La morena, satisfecha, le dio una palmada en el culo y le ordenó que se limpiara con la lengua, pero la pobre ya estaba tan ida que solo atinó a lamer el suelo donde había caído su propio sudor y sus jugos, mientras la morena se reía a carcajadas y se marchaba dejando el olor a cebolla y sexo flotando en el aire.