El herrero musculoso Oliver juega con su enorme verga
La luz del taller se filtra entre las rendijas de la puerta, iluminando el sudor que brilla sobre los músculos de Oliver mientras se recuesta en el banco de trabajo. Sus manos, callosas de tanto golpear el metal, se deslizan por su polla gruesa, ya dura como el acero que forja cada día. Sabe que esto está mal, que no debería tocarse aquí, pero el calor del ambiente y el peso de su verga entre sus dedos lo vuelven loco. Con un gemido ahogado, aprieta más fuerte, imaginando las miradas de los clientes que podrían entrar en cualquier momento. Sus caderas se levantan levemente, buscando más fricción, mientras sus dedos se enredan en el vello de su ingle. La punta de su polla gotea, dejando un rastro brillante sobre su abdomen marcado. Cada movimiento es más desesperado, más intenso, como si el placer fuera un pecado que necesita expiar. Sus dedos se cierran alrededor de su verga, subiendo y bajando con fuerza, sintiendo cada vena hinchada bajo su piel. El aire se llena del sonido de su respiración entrecortada, de sus gemidos contenidos, de la carne golpeando contra carne. Sus bolas se tensan, pesadas y llenas, listas para estallar. En más de 11 minutos de escena, Oliver no puede contenerse más, y con un último movimiento brusco, su polla explota, lanzando chorros gruesos de leche blanca que salpican su pecho y su vientre. El placer lo recorre como un rayo, dejándolo temblando, pero sin tiempo para disfrutarlo, porque la puerta del taller cruje levemente, anunciando que alguien está a punto de entrar.