Cuerpo musculoso se moja entero en el baño caliente
Desde que lo vio por primera vez en el gimnasio, cada vez que se duchaba en su casa no podía evitar imaginarse ese cuerpo empapado de sudor bajo el agua tibia. El tipo no solo tenía un físico de infarto con esos abdominales marcados y esos brazos que parecían hechos para romperle el coño a una, sino que además se movía con una confianza que le ponía los pelos de punta. Esa tarde, mientras el vapor llenaba el baño y el agua resbalaba por su espalda ancha, escuchó unos golpes en la puerta: era él, con una toalla enrollada en la cintura y esa sonrisa pícara que le derretía las bragas. Sin pensarlo dos veces, la morena lo agarró de la camiseta mojada y lo arrastró dentro, donde el calor del agua y el suyo propio se juntaron en un remolino de piel sudorosa. Él no necesitó más invitación que el brillo travieso en sus ojos negros para agarrarla de la cintura y pegar su pecho contra el de ella, sintiendo cómo sus pezones duros se frotaban contra su torso mientras sus lenguas se enredaban en un beso húmedo y desesperado. Las manos de él no tardaron en bajar hasta sus nalgas, apretándolas con fuerza mientras la alzaba contra la pared de azulejos, donde el agua caía en cascada sobre sus cuerpos entrelazados. Ella gimió al sentir su polla dura presionando contra su entrepierna, ya empapada por el deseo, y no pudo evitar gemir cuando él la penetró de golpe, empotrándola contra el azulejo frío mientras sus cuerpos se sacudían con cada embestida profunda. El sonido de sus caderas chocando contra su culo sonaba como música en el vaporoso ambiente, mezclado con los jadeos de ella y los gruñidos de él, que no paraba de susurrarle al oído lo buena que estaba mientras le clavaba las uñas en las nalgas. Cada vez que la embestía hasta el fondo, ella sentía cómo su coño se contraía alrededor de su verga, absorbiendo cada centímetro mientras el agua caliente resbalaba por sus muslos temblorosos. Él no se contuvo mucho más: con un último empujón brutal, la llenó hasta el fondo y se corrió dentro de ella, gruñendo como un animal mientras sus cuerpos se quedaban pegados, sudorosos y jadeantes, bajo el chorro de agua que seguía cayendo sin piedad sobre sus pieles enrojecidas.