Exnovia cachonda me suplica que la folle de nuevo
Después de mandarle el video lloriqueando como una perra en celo, él no pudo resistirse y apareció en mi puerta con esa mirada de macho que me derrite el coño al instante. Cuando abrí la puerta, sin decir ni pío, me arrancó el vestido de licra pegajoso de sudor y me empujó contra la pared del recibidor, apretando mis tetas gordas contra el frío yeso mientras me susurraba al oído lo que iba a hacerme. Con un tirón brutal me bajó el tanga negro empapado y me lamió el coño desde el culo hasta el clítoris, haciendo que mis rodillas temblaran y un gemido ahogado se me escapara entre los dientes apretados. No aguanté ni dos minutos antes de que me levantara en vilo, me sentara en el borde de la mesa del comedor y me empotrara la polla gruesa hasta el fondo, haciendo que la mesa crujiera bajo el peso de mis nalgas carnosas. Cada embestida me sacudía las tetas, que botaban al ritmo de sus caderas, y el sonido húmedo de mi coño chorreando se mezclaba con los gruñidos animales que soltaba al penetrarme como un animal. Cuando por fin me corría, un chorro espeso le bañó los huevos y las sábanas quedaron marcadas con mis fluidos, pero él no paró, siguió dándome hasta dejarme sin fuerzas, con la espalda pegada al tablero y las piernas temblorosas abrazando su cintura. Cuando al fin se vació dentro de mí, me quedé jadeando, con los muslos pegajosos y el coño tan abierto que aún goteaba su leche caliente. Me dejó tirada sobre el sofá, con el pelo revuelto y los labios hinchados, mientras se limpiaba la polla con mi blusa antes de vestirse y marcharse como si nada, dejando solo el eco de mis gemidos y el olor a sexo flotando en el aire.