Emy la tatuada se moja con tifany en charla caliente
Emy no podía dejar de mirar el cuerpo lleno de tinta de Tifany mientras esta se pasaba la lengua por los labios rojos, mordisqueando el piercing de su labio inferior con descaro. La morena tatuada se contoneaba en la silla con el vestido negro ceñido que apenas le cubría el culito prieto, dejando ver cada curva entre las medias de red que le apretaban las piernas como un guante. Cuando Tifany le pasó la mano por el muslo, Emy soltó un gemido ahogado y se le erizó el vello de los brazos, sintiendo cómo el coño le ardía de ganas por dentro. Tifany, sin pensarlo dos veces, le agarró la nuca y la acercó para lamerle el cuello mientras le susurraba al oído lo que le haría si se dejaba llevar. Emy, con el aliento entrecortado, no necesitó más invitación: se quitó el vestido de un tirón y quedó en tanga negro, con los pechos turgentes y los pezones duros como piedras, mientras Tifany se le abalanzaba para morderle los labios y chuparle los tatuajes de los hombros. La morena, sin perder tiempo, le arrancó el tanga de un tirón y se lo metió en la boca mientras con la otra mano le metía dos dedos hasta el fondo del coño empapado, haciendo que Emy gritara y se agarrara a sus hombros con las uñas clavadas. Tifany, satisfecha con lo mojada que estaba, la empujó contra la pared y le levantó una pierna mientras le susurraba que se dejara follar como una puta buena, con la polla dura que ya le estaba palpitando en los pantalones. Emy, sin poder resistirse, se agachó para sacarle la verga a Tifany con la boca abierta y los ojos vidriosos de lujuria, chupándosela con ansias mientras la morena le agarraba la cabeza y se la empotraba hasta la garganta, dejándola sin aire entre gemidos y babas. Cuando Tifany la levantó en vilo y la sentó sobre la mesa de centro, Emy no pudo evitar soltar un gritito al notar el frío del vidrio contra su culo desnudo, pero se le pasó rápido porque al instante sintió cómo esa verga gruesa le abría las piernas y se le clavaba hasta el fondo del coño, sacudiéndola con embestidas que le hacían botar los pechos y soltar chorros de leche por los muslos. Los dos gimieron al unísono, ella gritando como una loca mientras él le agarraba las caderas y se la clavaba más fuerte, hasta que Emy sintió que se le nublaba la vista y se corría con un espasmo que la dejó temblando, con los tatuajes brillando bajo el sudor que le corría por todo el cuerpo. Tifany, lejos de parar, la siguió embistiendo sin piedad hasta que él mismo se corrió dentro de ella con un gruñido ronco, dejándola completamente llena mientras Emy, exhausta y más mojada que nunca, se dejaba caer sobre la mesa sin fuerzas, con el coño goteando y la boca aún llena del sabor salado de la corrida.