Esposa india se venga follando al amante en casa
Ella siempre tuvo la mirada fría cuando su marido la dejaba sola por horas, pero hoy la cosa iba a cambiar... En cuanto el tipo entró por la puerta con esa sonrisa de superioridad, ella lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó contra el sofá sin mediar palabra. El marido, atónito, no pudo más que quedarse tieso mientras ella le bajaba el pantalón de un tirón y le sacaba la verga dura como un fierro, gruesa y palpitante, que ya goteaba gotas de salivea por la punta. Sin perder tiempo, se arrodilló entre sus piernas y se la metió toda en la boca, ahogando sus gemidos con la garganta profunda mientras le masajeaba los huevos con los dedos. El amante, sudando de la tensión, le agarró la melena negra y se la empinó para que lo chupara más fuerte, sintiendo cómo su lengua jugaba con el frenillo mientras los labios le abrazaban la base. Ella, con los ojos brillando de rabia y lujuria, se levantó de golpe, se quitó el sari de un tirón y quedó completamente desnuda, con los pezones duros como piedras y el coño ya empapado que brillaba bajo la luz tenue. El marido, boquiabierto, no pudo evitar que se abriera de piernas en el mueble y le ofreciera el culo bien prieto, esperando que la llenara hasta el fondo como tanto deseaba desde hacía meses. El amante no se hizo rogar: con un empujón seco, se enterró hasta las bolas en ese coño estrecho que lo apretaba como un guante, haciendo que ella gritara de placer mezclado con dolor mientras las embestidas le sacudían las tetas al ritmo de cada golpe. El sofá crujía bajo el peso de los tres, el sudor les resbalaba por la piel y los gemidos llenaban la sala, hasta que el amante, sintiendo el calor del orgasmo subirle por la espalda, la agarró de las caderas y la embistió sin piedad hasta que ella se corrió con un chillido agudo, apretando su verga con espasmos que lo arrastraron al clímax al mismo tiempo. Los dos quedaron jadeando, pegajosos y satisfechos, mientras el marido, con la verga dura como una roca pero sin atreverse a tocarla, solo podía mirar cómo su esposa se limpiaba los labios con el dorso de la mano y le lanzaba una mirada triunfal.