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Jefas se corren en concurso de pies en la oficina

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Estúdio Kaly_Khalifa

La jefa Kaly entró al despacho con esos tacones de aguja que le aprietan los dedos y le hacen el culo más redondo, mirándolo con esos ojos de perra en celo mientras se mordía el labio rojo pasión. Mistress Nara no se quedó atrás, cruzando las piernas sobre el escritorio con un vestido que le marca cada curva y unos zapatos que solo se quita para follar, dejando ver unas uñas pintadas de negro que brillan como garras. Kaly le susurró al oído que el premio sería una polla bien dura metida hasta las pelotas, y Nara se rio mientras le lamía el lóbulo de la oreja antes de empujarla contra la pared de cristal que da al pasillo. Las dos empezaron a descalzarse con gemidos de anticipación, acariciándose los empeines con las manos temblorosas mientras sus coños ya se empapaban de pura lujuria. Kaly le agarró el pie a Nara y se lo metió en la boca hasta que la otra jefa gritó de placer, chupando cada dedo con saliva caliente y gruñidos animales. Nara no se quedó atrás, le apretó el empeine contra su concha mojada y le frotó el talón contra el clítoris hasta que Kaly se corrió con un aullido que hizo vibrar los cristales. Entre risas y empujones, las dos se arrodillaron en el suelo de mármol, lamiéndose los pies la una a la otra mientras se masturbaban con dedos ágiles, sintiendo cómo se les ponían los pezones duros como piedras bajo la blusa. Cuando Kaly le metió tres dedos a Nara en la boca mientras le masajeaba los dedos de los pies, esta no aguantó más y se dejó caer al suelo, temblando de placer mientras su corrida le empapaba el tanga de encaje negro. Mistress Nara, con una sonrisa de satisfacción, se agachó y le lamió los jugos de los muslos mientras Kaly se ponía de pie y se bajaba los pantalones para mostrar una polla gruesa y palpitante, lista para empotrarla contra la puerta del baño. Las dos se corrieron otra vez, esta vez con los cuerpos entrelazados, gimiendo como putas en celo mientras sus fluidos resbalaban por las piernas y los tacones se perdían en el desorden del despacho. La oficina quedó impregnada del olor a sexo y sudor, con los zapatos tirados por todas partes y los gemidos resonando en las paredes hasta que el último chorro de leche caliente les resbaló por el muslo.

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