Gih Ribeiro y el deseo prohibido bajo su techo
La luz tenue de la cama ilumina el sudor que cubre los cuerpos entre las sábanas, el aire huele a sex shop y a piel caliente. Te voy a contar cómo empezó todo: estaba aburrida, con las tetas duras bajo el sostén mientras miraba el móvil, imaginando lo que no debía. Gih Ribeiro pasó por el pasillo, su culo apretado en esos shorts que no debieron existir, y algo se rompió dentro de mí. Me acerqué sigilosa, rozando mis dedos por su espalda, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina cuando mis labios le susurraron '¿Te atreverías a lo que no podemos decir?'. Él giró, sus ojos se clavaron en mis pezones duros, y sin pensarlo dos veces, me empotró contra la pared, arrancándome el short con desesperación. Su polla enorme entró de golpe, llenándome hasta que las caderas chocaron, y gemí tan fuerte que tuve miedo de que nos escucharan. Pero no paramos: me levantó, me sentó en el borde de la cama, y Gih me folló como si fuera la última vez, sus manos amasando mis nalgas mientras yo me agarraba a las sábanas. Cada embestida me hacía mojar más, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, y cuando su boca encontró mi cuello, supe que esto estaba mal pero no podía detenerlo. El orgasmo me arrasó, las piernas temblando mientras él se corría dentro con un gruñido, pero lo que más me excitó fue esa mirada culpable que compartimos después. Ahora, cuando pienso en su polla dentro de mí, solo quiero más. ¿Y tú? ¿Te atreverías a lo nuestro?