Madrastra india se deja empotrar duro por el hijastro aceitada
La madrastra llevaba días frotándose contra el marco de la puerta cada vez que el hijastro pasaba en shorts, oliendo a coco y sudor joven mientras se lamía los labios gruesos. Él no podía aguantar más la tensión, así que aprovechó que el marido se fue al trabajo para colarse en su cuarto con un frasco de aceite de bebé en la mano, gotas cayendo sobre su piel morena mientras se quitaba la camiseta mojada. Ella ya estaba en la cama, con la espalda arqueada y el culo prieto apretando las sábanas, gimiendo cuando él le escupió en el coño antes de untarse las manos con el aceite tibio y empezar a masajearle las nalgas con movimientos circulares que le arrancaron un suspiro. 'Dale, mi hijito, métemela toda', le suplicó con voz ronca, clavando las uñas en el colchón mientras él se colocaba detrás, con la polla dura como un tronco y el prepucio brillando bajo la luz tenue. Al primer empujón, el aceite hizo que se deslizara sin resistencia, enterrándose hasta los huevos en su coño empapado, sintiendo cómo las paredes vaginales se aferraban a su miembro como una tenaza caliente. Ella gritó, echando la cabeza hacia atrás mientras él la empotraba con fuerza, cada embestida haciendo que sus tetas grandes botaran sin control, los pezones duros rozando las sábanas. 'Más fuerte, que me vas a partir', jadeó ella, sintiendo cómo el hijastro le mordisqueaba el cuello mientras le agarraba las caderas con fuerza para clavársela más adentro. El sonido de piel contra piel, mezclado con los gemidos ahogados y los crujidos de la cama, llenaba la habitación mientras el aceite resbalaba por sus muslos, mezclándose con los jugos que le chorreaban entre las piernas. Cuando él aceleró el ritmo, ella no pudo evitar correrse con un gritó gutural, apretando la polla entre sus muslos hasta que él también explotó dentro, llenándola de leche caliente mientras ambos caían jadeantes sobre las sábanas revueltas, dejando manchas blancas y marcas de uñas por todo el cuerpo aceitado.