Mamacita rubia recibe chorro de leche en su cuerpo
La rubia de tetas pequeñas no podía creer lo que le esperaba cuando su padastro la llevó a la habitación con esa verga gruesa y palpitante que le colgaba entre las piernas. Él la empujó contra la pared sin aviso, le arrancó el delgado vestido de tirantes y le mordisqueó el cuello mientras sus dedos se hundían entre sus muslos descubriendo lo empapada que estaba su conejita. Sin piedad, la obligó a arrodillarse y le metió la polla hasta la garganta, ahogándola con cada embestida mientras sus gemidos ahogados resonaban en la casa. La pobre no pudo evitar llorar de placer cuando él la levantó en peso, le abrió bien las nalgas y le clavó la verga por el culo hasta hacerla gritar, sintiendo cómo su polla le llegaba hasta el fondo del coño. El cabrón no se detuvo ahí: le dio la vuelta y se la empotró otra vez por atrás, esta vez con más fuerza, haciendo que su chochito chorreante botara con cada empujón. La rubia, ya ida del todo, solo atinaba a jadear y a suplicarle que la llenara por dentro mientras sus uñas se clavaban en las sábanas. Él, con una sonrisa perversa, le agarró la cabeza y le metió la polla otra vez hasta que le llegó al fondo de la garganta, sintiendo cómo su leche espesa le rociaba toda la cara, el pecho y hasta el ombligo mientras ella se corría como una posesa al sentir el calor pegajoso deslizándose por su piel. La pobre no podía ni respirar del placer, con los labios pintados de rojo por el semen y los muslos temblorosos de tanto goce. Cuando por fin la soltó, la rubia quedó tirada en el suelo, completamente cubierta de leche, con la cara brillosa y los ojos vidriosos de tanto orgasmo. Él se limpió la verga con su pelo rubio y se alejó dejando a la pobre mojada, jadeante y satisfecha, sabiendo que en cualquier momento volvería a buscarla para volver a destrozarle el coño.