Masaje baboso a una japonesa en el baño caliente
Llevaba días imaginando cómo sería esa piel suave bajo mis manos mientras se retorcía de placer en la bañera llena de espuma. Cuando entró con su culo prieto en un tanga diminuto y unos pechos naturales que rebotaban al caminar, supe que esa noche no habría límites. Me arrodillé frente a ella y le lamí los huevos antes de hundir la polla hasta el fondo de su coño bien mojado, sintiendo cómo su vientre se tensaba al sentirme tan dentro. La agarré de las caderas y la empujé contra la pared de azulejos, empotrándola con fuerza mientras le gruñía al oído que no pararía hasta dejarla llena de leche. Ella gemía como una perra en celo, con los muslos temblando y el coño chorreando cada vez que sacaba la verga para volver a clavársela hasta las pelotas. Le chupé los pezones duros mientras mis dedos le masajeaban el clítoris hinchado, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi miembro en cada embestida brutal. Cuando por fin se corrió, su coño se apretó como un tornillo alrededor de mi polla, exprimiendo cada gota de semen hasta que le llené el útero de crema espesa. La dejé jadeando contra el suelo, con las piernas abiertas y el pelo pegado a la cara por el sudor y el vapor del baño, mientras yo me limpiaba el semen que le colgaba de los muslos con la lengua.