Rubia japonesa se deja llenar el coño después de ligar con viejo
Ella estaba sentada en el café cuando él, un tipo mayor de traje caro, se acercó con esa sonrisa de depredador que hace temblar hasta a la más fresca. No tardó ni cinco minutos en ofrecerle un trago que sabía a whisky barato y a promesas vacías, pero a ella le valió para que su coño se le humedeciera solo de mirarlo. Él no perdió tiempo y le metió la mano por debajo de la mesa, le levantó el vestido hasta la cintura y le arrancó las bragas con un tirón seco que la dejó sin aliento. La polla ya le asomaba dura por el pantalón, gruesa y venosa, y ella no pudo resistirse cuando él se la sacó y se la restregó contra los labios carnosos de su concha mojada. La primera embestida la dejó sin voz, con el culo bien agarrado mientras él la empotraba contra la pared del callejón trasero del bar. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba entre los carteles de neón, mezclado con sus gemidos agudos que pedían más, más fuerte, que no parara. Ella le lamió las bolas con la lengua bien ancha, chupándoselas hasta que se le pusieron moradas de tanto succionar, mientras con una mano se metía un vibrador dentro del coño para que el viejo le sintiera todo temblar. Él no aguantó más y la agarró por las caderas para lanzarla sobre la mesa de madera, donde le abrió las piernas de par en par y le metió la polla hasta el fondo con un empujón brutal que le hizo gritar. La rubia gemía como una perra en celo mientras él le llenaba el coño de leche espesa, una y otra vez, hasta que el líquido le resbalaba por los muslos y le mojaba el vestido. El viejo no se conformó con una sola corrida y la volteó boca abajo para follársela en cuatro patas, agarrándole el pelo para que no se le escapara ni un gemido. Cuando por fin se corrió dentro de ella, la dejó tirada sobre el suelo sucio, con el coño goteando leche y el cuerpo hecho un trapo de tanto placer bruto y sin control.