Mi esposa exhibiéndose en plena calle me metí y la follé
La muy zorra llevaba días provocando a los vecinos con su culo apretado y esos tatuajes que le brillaban bajo el sol mientras se agachaba 'por error' al regar las plantas. Hoy no pudo resistirse y se plantó en medio de la acera con ese vestido ceñido que apenas le tapaba los muslos, mostrando sin pudor cómo se le humedecía el coño al sentir el aire pegajoso de la tarde. Yo, que la seguía como un perrito faldero, no pude aguantar más y le agarré la melena mientras la empujaba contra la pared de enfrente, sintiendo cómo su culo redondo se balanceaba al compás de mis movimientos. Le arranqué el tanga de un tirón y me metí la polla entre sus nalgas bien marcadas, sintiendo el calor húmedo de su concha mientras gemía como una puta en celo. El marido cornudo, que ni se inmutó al ver cómo le metía los huevos hasta el fondo, solo se limitó a grabar con el móvil cómo su mujer se dejaba empotrar sin piedad, con la lengua fuera y los ojos vidriosos de tanto placer. Ella, con las tetas rebotando al ritmo de mis embestidas brutales, me suplicaba entre jadeos que no parara, que le llenara bien el coño empapado hasta que no pudiera más. Sentí cómo su carne se contraía alrededor de mi verga mientras se corría como una loca, chorreando leche por las piernas y gimiendo mi nombre como si fuera su dueño. No contento, le di la vuelta y la levanté en vilo, empalándola contra la pared con mis pelotas golpeándole el culo mientras le metía la lengua hasta la garganta para callar sus gritos de placer. El muy cabrón del marido solo podía mirar cómo su esposa se convertía en mi puta personal, con los labios hinchados por los besos y el coño tan abierto que se le veían los jugos resbalando por los muslos. Cuando por fin me corrí dentro de ella, dejando que mi leche le inundara el útero, no hubo duda de quién era la dueña de ese momento: ella, sudorosa y satisfecha, se limpió los restos de corrida de la boca mientras me sonreía con esa cara de puta que tanto me vuelve loco.