Mi amiga le mete un dildo gigante al marido
Ella siempre supo que su coño apretado y esos culos carnosos eran irresistibles, pero nunca imaginó que su amiga de toda la vida se los comería vivos con un dildo más grueso que el brazo. Lo tenía escondido en el cajón de los juguetes, ese que su marido jamas revisaba porque confiaba ciegamente en ella... hasta que escuchó los gemidos ahogados desde el baño. Allí estaba, con las piernas abiertas sobre el lavabo, el culo redondo y bien marcado temblando de anticipación mientras la muy puta le untaba lubricante por toda la polla artificial, gruesa como un puño, que colgaba pesada entre sus muslos. El marido, aturdido, solo alcanzó a balbucear un '¿qué haces?' antes de que ella le escupiera en el culo, metiendo dos dedos primero para abrirle el agujero como si fuera mantequilla. La polla artificial entró sin piedad, estirándolo hasta el límite mientras él gritaba con la boca llena de saliva, sus gemidos mezclándose con los chasquidos húmedos de la penetración anal. Ella no se detuvo ni un segundo, empotrando el dildo hasta la base con cada envestida, los testículos de él golpeando contra el plástico cada vez que la clavaba sin piedad. El marido intentaba aguantarse, pero el dolor se mezclaba con un placer sucio que le quemaba las entrañas, sintiendo cómo el orgasmo le subía por la columna vertebral como lava hirviendo. La amiga, sudorosa y con los pechos rebotando al ritmo de sus embestidas, le agarró del pelo y le susurró al oído: '¿Te gusta que te folle como a una puta, maridito?'. Él solo pudo responder con un gemido gutural antes de correrse sin control, chorros espesos de leche saliendo a borbotones por su polla mientras el dildo seguía metido hasta el fondo, ordeñando cada gota de su vergüenza y placer prohibido. La escena quedó grabada en su mente como el momento en que su amiga lo convirtió en su juguete personal, un objeto de humillación y deseo que jamas olvidaría.