Puta flaquita recibe una follada navideña brutal
La cabrona de caderas estrechas ya venía con la mirada perdida entre sus muslos cuando él le pasó la mano por el culo apretado, sus tetas pequeñas temblaban bajo el suéter navideño que le quedaba como un guante. Él le clavó los dedos en las caderas mientras la empujaba contra la pared, sintiendo cómo el coño de ella se humedecía al instante con solo rozarle el muslo contra el pantalón ajustado. La puta no opuso resistencia cuando le arrancó la falda corta, dejando al descubierto un tanga negro empapado que ya no servía ni para ocultar su coño hambriento. Él le escupió en el culo antes de embestirla sin piedad, empalándola con su polla gruesa que la partía en dos desde el primer envite, los gemidos agudos de ella resonaban en el salón mientras sus uñas se clavaban en la pintura de la pared. Cada embestida sonaba como un golpe seco, el choque de sus cuerpos húmedos por el sudor y el calor de la habitación navideña, los muslos de ella temblaban cada vez que él le hundía hasta el fondo, sacándole un chorro de jugos que le resbalaban por los muslos hasta el suelo. Ella no podía ni gritar, solo jadeaba como una perra en celo, su coño empalado se abría cada vez más con cada empujón brutal, el culo le temblaba al ritmo de las embestidas que le dejaban marcas rojas en la piel pálida. Cuando él le agarró las tetas pequeñas y le apretó los pezones, ella soltó un chillido agudo y se corrió con un espasmo que le hizo perder el equilibrio, pero él la sujetó con fuerza contra la pared mientras seguía martilleándola sin parar. La polla dura como una piedra le reventaba por dentro, le llegaba hasta el vientre cada vez que se la clavaba, los jugos de ella le empapaban el vello púbico mientras la follada se volvía más salvaje, más animal. Él no se corrió hasta que le notó el culo temblando y el coño ordeñando su polla con espasmos profundos, entonces le soltó un chorro caliente por dentro que la dejó temblorosa y jadeante, con las piernas dobladas y la cara pegada a la pared. Ella no pudo ni moverse cuando él se retiró, dejando un reguero de leche y jugos por sus muslos, el tanga destrozado colgando de una pierna mientras su coño palpitaba aún con los últimos temblores del orgasmo. La habitación olía a sexo, sudor y Navidad, y ella solo atinaba a gemir con voz ronca mientras él se limpiaba la polla con su propia camiseta navideña.