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La morra provocó y el viejo no pudo resistirse

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La morra no paraba de restregarse contra su culo en la fila del supermercado, mirándolo con esos labios carnosos y una sonrisa de puta que sabe lo que quiere mientras le rozaba el bulto con el culo. Él, un tipo maduro de manos grandes y barriga firme, no pudo aguantar más cuando ella se inclinó frente a él en el pasillo de los detergentes, sus tetas apretadas contra el estante y el tanga blanco asomándose bajo la minifalda. Con un gemido ronco, le agarró la melena rubia y la empujó contra la pared de la bodega, donde la luz tenue hacía resaltar cada curva de su cuerpo esculpido. Sin perder tiempo, le bajó el tanga de un tirón y le escupió en el culo antes de clavarle la polla dura como una roca, arrancándole un grito de sorpresa mezclado con placer que resonó en el almacén vacío. Ella, con las uñas clavadas en la madera, le suplicó que la empotrara más fuerte mientras él le abría las nalgas con las dos manos y se la metía hasta el fondo sin piedad. Los golpes de cadera resonaban como un tambor en la bodega, su coño empapado chorreando líquido caliente por cada embestida brutal, los pechos rebotando sin control mientras él le mordía el cuello y le gruñía al oído que era una puta muy necesitada. Los gemidos de ella se volvieron agudos, casi animales, cuando sintió cómo su clítoris rozaba contra el mueble cada vez que él se la hundía hasta la empuñadura, sus muslos temblorosos incapaces de sostenerla. Él, con la respiración entrecortada y los huevos tensos, le agarró el pelo y le ordenó que se viniera antes de correrse, así que ella se frotó contra su polla como una perra en celo hasta que el primer espasmo la sacudió de pies a cabeza. La corrida le cayó dentro como lava ardiente, llenándole el culo de leche espesa mientras ella se derrumbaba contra la pared, jadeando con la boca abierta y los labios brillantes de saliva, completamente satisfecha y con el coño aún goteando. Cuando se separaron, él le limpió los restos del orgasmo con los dedos y se los metió en la boca para que los lamiera, mientras ella lo miraba con ojos vidriosos y una sonrisa pícara, lista para que la volviera a maltratar en cualquier momento.

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