Desnudo a un vagabundo negro de pollón y lo llevé a casa
Llevaba días viendo a ese negro enorme deambular por la calle con esa verga que le colgaba pesada entre las piernas, marcando el camino con su bulto sin pudor. Al acercarme, no pude resistirme: le propuse un trago en mi casa y él, con esa sonrisa pícara, aceptó sin dudar. En cuanto cruzamos el umbral, le agarré la polla por encima del pantalón raído y noté cómo se le ponía dura al instante, palpitando en mi mano como un animal salvaje. Sin perder tiempo, se la saqué y me la metí en la boca, ahogándome con ese tronco grueso que olía a sudor y a calle, mientras él me agarraba del pelo y me empujaba más abajo hasta que casi me ahogo con sus huevos. Me tumbó en el sofá, me arrancó la falda y me metió dos dedos en el coño empapado antes de girarme como un trapo y clavarme esa verga brutal por el culo sin piedad. Los gritos que solté al sentirlo romperme por dentro se mezclaban con sus gemidos roncos mientras me empotraba contra el respaldo, con cada embestida sacudiéndome las tetas que rebotaban sin control. Me ordenó que le chupara los huevos mientras me follaba por detrás, y no tuve más remedio que obedecer, con la saliva cayendo por mi barbilla mientras él me azotaba el culo rojo con cada empujón. Cuando por fin me llenó el culo de leche caliente, sentí cómo se corría dentro sin preservativo, empapándome las entrañas mientras me dejaba tirada en el suelo, jadeando y con el coño aún goteando. No contento con eso, se agachó y me lamió el culo desde atrás, recogiendo los restos de leche que se escurrían entre mis nalgas antes de levantarse y marcharse como si nada, dejándome ahí, rota y satisfecha, con el sabor de su leche mezclado con el mío en la lengua.