La morra tatuada le da su merecido al machote
Ella llevaba semanas planificando su venganza con esa mirada de zorra que solo una morra tatuada sabe poner cuando sabe que va a hacer sufrir a alguien. El tipo grande y empalagoso se creyó el rey del mambo al empujarla contra la silla de castigo en su cuarto de juguetes fetichistas, pero no contaba con que ella tenía un plan mejor que cualquier correa de sumisión. Con un tirón brusco le arrancó el cinturón de los pantalones holgados y le escupió en la oreja mientras le susurraba que hoy iba a pagar por cada mirada de superioridad que le había echado encima. La silla de madera crujió bajo el peso de sus dos cuerpos cuando él intentó someterla, pero ella se zafó con un movimiento de cadera tan sensual como brutal, arrancándole un gemido ahogado al descontrolarse contra el respaldo. Antes de que pudiera reaccionar, ella le empujó la cabeza contra el colchón acolchado con tinta y le ordenó que se quedara quieto como el puto necio que era, mientras le bajaba los pantalones de un tirón para dejar al aire esa verga gorda que tanto presumía. Con los dedos llenos de tinta y sudor le acarició el culo marcado por los golpes de la noche anterior, sintiendo cómo el tipo se ponía más tieso que un palo al sentir el roce de sus uñas perforadas rozándole la piel sensible. No hubo preliminares ni miramientos: ella se subió a horcajadas sobre su regazo, clavándole las rodillas en los muslos flácidos mientras le agarraba el pelo teñido de negro para empalar su coño empapado sobre esa polla que ya goteaba pre-semen. Cada embestida sonaba como un latigazo húmedo, con el sonido de su carne chocando contra la de él mezclándose con los gritos de ella al sentir cómo le abría el culo de par en par sin piedad, dejando ese agujero bien abierto y tembloroso para que él se corriera dentro sin remedio. El tipo intentó resistirse al principio, pero cuando ella le clavó los dientes en el hombro y le susurró que le iba a dejar el culo como un colador, supo que había perdido la batalla antes de empezar. Lo peor para él fue que ella no se conformó con una sola sesión, sino que le obligó a aguantar una y otra vez, cada vez más fuerte, hasta que el muy cabrón se corrió como un adolescente con la primera eyaculación, manchando el respaldo de la silla y dejando un charco bajo su culo tembloroso mientras ella se reía con esa risa de puta satisfecha que solo sale cuando sabes que has dejado al otro hecho polvo.