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Mi novia me monta duro en el hotel de méxico

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Llevaba días con la tanga empapada pensando en cómo me iba a comer esa culo prieto que tanto me vuelve loco, y hoy por fin se decidió a soltarse. Cuando entramos al cuarto del hotel en México, con el aire acondicionado a todo trapo y las cortinas medio corridas dejando entrar esa luz dorada de la tarde, me tiró contra la cama sin aviso y se subió encima de mí como una posesa. Lo primero que noté fue su coño chorreante rozando mi polla dura como una piedra, que ya goteaba de ganas por meterse hasta el fondo en esa carne caliente. Me agarró la verga con las dos manos y se la pasó por toda su rajita mojada, dejando un rastro de jugos que brillaban bajo la luz del ventanal, mientras sus tetas grandes y pesadas se balanceaban con cada movimiento. "Ahora sí te voy a hacer gritar, mi amor", me susurró al oído con voz de puta que no quiere perder el control, antes de empalarse de un tirón hasta que su culo redondo y prieto chocó contra mis pelotas. Las embestidas empezaron brutales, con sus caderas moviéndose en círculos para que su clítoris frotara contra mi vello cada vez que bajaba, y yo no podía hacer otra cosa que agarrarle la cintura con fuerza para que no se escapara de ese chochito que me chupaba la polla hasta el fondo. "Más duro, mi vida, que me vas a hacer correrme como una perra", jadeó mientras sus uñas se clavaban en mis hombros y su coño se contraía alrededor de mi miembro, anunciando el orgasmo que le estaba quemando las entrañas. En ese momento la giré boca abajo sin sacármela, le abrí las nalgas bien abiertas y le metí la verga hasta la garganta de su culo, empotrándola contra el colchón con cada embestida que le hacía gemir como una loca. Cuando ya no pudo aguantar más, se corrió con espasmos violentos que le sacudieron todo el cuerpo, apretando mi polla con tanta fuerza que me obligó a vaciarme dentro de ella sin piedad, llenándole el coño de leche bien caliente mientras sus gritos de placer resonaban contra las paredes del cuarto. Hasta que los últimos temblores se le pasaron y se dejó caer sobre mí, jadeante y satisfecha, con los muslos temblorosos y la piel pegajosa de sudor y de nuestros fluidos mezclados.

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