Rubia caliente domina trío salvaje en día de san patricio
La rubia Natasha Nice no podía esperar más cuando Rachael Cavalli le propuso montar al tipo que había conocido en el bar de nochebuena. El musculoso desconocido, con una verga que se adivinaba durísima bajo los pantalones ajustados, no necesitó más que una mirada para entender que esa noche iban a ser todas putas. La morena Rachael llegó primero, con su culo redondo balanceándose bajo un vestido verde que apenas cubría sus nalgas, y sin perder tiempo le agarró la cara con ambas manos para meterle la lengua hasta la garganta mientras él le sobaba los pechos grandes que saltaban con cada movimiento. Natasha, que no se quedó atrás, se arrodilló frente a esa polla gruesa y morada que asomaba por el bóxer, chupando la cabeza con ansias hasta que el líquido preseminal le mojó toda la lengua, mientras con una mano le apretaba los huevos bien cargados que le colgaban pesados entre las piernas. El moreno, sudando de puro deseo, la levantó de un tirón y la empaló contra la pared de la sala de estar, clavándosela tan hondo que los gemidos de la rubia resonaron como una sirena por todo el departamento, con sus tetas botando como si fueran de gelatina. Rachael, celosa pero excitada, se trepó por detrás en posición perrito, hundiendo su coño bien mojado en la polla que aún goteaba de los jugos de Natasha, y empezó a cabalgarla con fuerza mientras le mordisqueaba el cuello con los dientes. Los tres comenzaron a moverse al unísono, chocando culos contra muslos, con los sonidos húmedos de los coños llenando el aire mezclados con los gruñidos del tipo cada vez que la embestía hasta las entrañas. Natasha, con los pezones duros como piedras, se corrió primero, gritando una blasfemia mientras su coño se contraía alrededor de esa verga que la reventaba por dentro, escupiendo chorros de leche espesa que le resbalaron por los muslos. Rachael, que no aguantó más, se deshizo en espasmos sobre la espalda del moreno, apretando sus uñas en sus hombros mientras su orgasmo le hacía temblar las piernas como gelatina. Él, lejos de terminar, la volteó de espaldas en el suelo y le metió la polla hasta el fondo, sacudiéndola con embestidas rápidas y brutales que hacían que su culo rebotara como un maldito, hasta que al final, con un último empujón profundo, le llenó el vientre de leche caliente que le chorreó por las piernas en cuanto sacó el miembro, goteando sobre el suelo mientras los tres quedaban jadeando, pegajosos y satisfechos entre risas y suspiros de agotamiento total.