Samantha se masturba como una zorra caliente y sin vergüenza
Desde que pisó la casa de Pascal, esa inglesa de tetas grandes y culo prieto no para de mirarlo con ojos de puta hambrienta. Se escabulló al baño con un pretexto barato y ahí, entre toallas húmedas y el espejo empañado, se bajó el tanga de encaje negro dejando al descubierto su conejito depilado y bien mojado. Con dos dedos se abrió los labios del coño chorreando y se empezó a tocar sin pudor, gimiendo como una perra en celo mientras se imaginaba la polla gruesa de Pascal penetrándola por detrás. Las tetas le botaban con cada movimiento, los pezones duros como piedras y la espalda arqueada de placer cuando se corrió con un espasmo violento, dejando manchas blancas en el espejo y el coño empapado. Pero no se quedó ahí, la muy viciosa se limpió los dedos en la toalla y volvió a la sala con las piernas temblorosas, buscando otro rincón solitario para repetir el número. Esta vez se tiró en el sofá, abrió bien las piernas y se metió tres dedos hasta el fondo mientras se decía que necesitaba algo más grande, algo que le reventara el coño como merecía. Las caderas le temblaban sin control y los gemidos se le escapaban entre los dientes apretados, hasta que el orgasmo la dejó desmadejada sobre los cojines, con las tetas sudadas y el coño palpitando sin parar. La muy guaranga no tiene remedio, cada vez que ve a Pascal pasa de ser una señorita a una puta dispuesta a dejarse empalar hasta que no pueda más, porque sabe que con esa polla enorme no hay coño que resista intacto.