Señor feudal caliente folla virgen en su harén
El maldito lord de esta mierda de juego de rol no se conforma con mandar a sus siervos a la horca, sino que ahora le ha puesto el ojo a la pobre inocente que acaba de llegar al castillo. Ella, con esa mirada de cordero degollado y ese cuerpo que pide a gritos que la empalen, no puede resistirse a las órdenes de su amo. Mientras él se ajusta el cinturón lleno de joyas robadas, la chica se arrodilla en el suelo de mármol frío, con las tetas apretadas contra el vestido de seda rasgado. La verga del señor feudal ya asoma por entre los pliegues de su túnica dorada, gruesa como un brazo y con las venas marcadas como serpientes vivas. La pobre virgen traga saliva mientras sus labios se humedecen al verla ahí, palpitando como un martillo contra su muslo. Él le agarra de los pelos con fuerza de ogro y le obliga a abrir la boca bien grande, sin piedad, mientras le escupe en la garganta para lubricar el camino. La muy puta gime de vergüenza pero sus caderas se mueven solas, buscando el contacto aunque sea por un segundo. El lord la levanta de un tirón y la lanza contra la cama de plumas negras donde la acorrala, con las piernas abiertas y el coño ya empapado por el miedo mezclado con el deseo prohibido. Él se sube encima sin decir ni pío, le arranca el vestido con un tirón que le deja la piel enrojecida y le clava la polla de una sola estocada hasta el fondo de su vientre virgen. La chica chilla como una posesa mientras sus uñas se clavan en las sábanas de seda, pero el muy cabrón no para ni para respirar, embistiéndola con saña hasta que el sonido de sus cuerpos chocando resuena en toda la torre. Ella se corre como una loca, mojando las sábanas con un charco espeso de jugos mientras grita que no aguanta más, pero él sigue empotrándola como un animal, sin dejarla recuperar el aliento ni un segundo. Cuando por fin eyacula dentro de ella, la llena hasta el último centímetro de su coño caliente, dejando un rastro blanco que se escurre por sus muslos temblorosos. El lord se levanta satisfecho, se limpia la polla en su vestido destrozado y se va silbando, mientras la pobre chica queda tirada en la cama, con las piernas abiertas, jadeando y con la entrepierna hecha un desastre. Pero en el fondo, aunque le duela admitirlo, sabe que volverá a llamar a su puerta en cuanto la vea pasar.