Carmel Anderson se empala con polla gruesa y chupada sucia
Llevaba las medias negras ajustadas como un anillo al muslo y los tacones de aguja le hacían arquear el lomo cada vez que él se acercaba más con esa verga que parecía tallada en mármol. El primer contacto fue en la puerta, entre jadeos y manos que se enredaban en su pelo mientras ella le mordisqueaba el glande con esos labios pintados de rojo oscuro, gruesos como moras maduras. Cuando la empujó contra la pared del baño y le arrancó el tanga de encaje, el coño le ardía de anticipación, empapado en minutos, los muslos temblorosos mientras él le metía dos dedos de golpe para probar lo mojada que estaba. La hizo arrodillarse en el suelo frío y le clavó la polla hasta la garganta sin avisar, obligándola a tragar cada centímetro hasta que los huevos le golpeaban la barbilla y ella ahogaba un gemido con los ojos llorosos. Él la levantó sin esfuerzo, la puso a cuatro patas sobre el lavabo y le empujó la cabeza contra el espejo empañado mientras le empotraba el culo con embestidas que hacían temblar los frascos de crema en los estantes. Cada vez que la llenaba hasta el fondo, ella gritaba un 'joder' gutural y sus uñas arañaban la porcelana, mientras él le agarraba las caderas con fuerza de hierro para no salir ni un milímetro. Cuando la giró de espaldas y le metió la polla de lado, ella se retorció con los tacones clavados en el suelo, la espalda arqueada como un arco de guerra, los pechos rebotando al ritmo de los empujes brutales. Él no aguantó más: le sacó la verga de la boca justo a tiempo para ver cómo le brotaba el semen caliente en la cara, un chorro espeso que le cubrió la frente, los párpados y los labios entreabiertos, mientras ella se limpiaba con la lengua sin dejar ni una gota. La dejó ahí, jadeando, con las medias rotas y el coño goteando, sabiendo que esa noche no iba a dormir tranquila.