Dos rubias se dejan empotrar con consolador en la cama
La morena de curvas explosivas se quitó el sujetador negro dejando al descubierto unos pechos firmes y redondos que rebotaban con cada movimiento. Mientras tanto, la rubia de piernas interminables se mordía el labio inferior, ajustándose el tanga de encaje que ya estaba empapado de sus jugos. La morena, con los tacones clavados en el colchón, agarró el consolador negro de triple grosor y lo pasó por el coño empapado de su amiga, haciendo que esta gimiera con voz ronca al sentir el frío latex contra su clítoris hinchado. Sin pensarlo dos veces, la rubia se arrodilló sobre la cama, abriendo bien las piernas para que su amiga le metiera el juguete hasta la empuñadura, estirando su conchita hasta dejarla bien abierta y gimiendo como una perra en celo. La morena, con una sonrisa pícara, le ordenó que se pusiera a cuatro patas y le levantó el culo para empezar a empotrarla sin piedad, clavando el consolador hasta que la rubia gritó con los ojos en blanco, sintiendo cómo el latex se hundía en su culo mientras el juguete la llenaba por completo. Los tacones de ambas se clavaban en las sábanas mientras la morena le azotaba el culo a su amiga, haciendo que esta se corriera con un espasmo brutal que le dejó las piernas temblando. La morena no paró ni un segundo, cambiando de posición para que la rubia se sentara sobre el consolador, cabalgando como una loca mientras se agarraba a los hombros de su amiga, que le chupaba los pezones con desesperación. El sonido de los taconazos contra el suelo y los gemidos ahogados llenaban la habitación cuando la rubia se dejó caer hacia atrás, empalándose por completo hasta que el consolador desapareció dentro de ella, dejándola con la boca abierta y el coño palpitando. La morena, sin perder tiempo, le agarró la cabeza y le metió los dedos en la boca para que chupara mientras le follaba el culo con el juguete, haciendo que la rubia se corriera de nuevo con un chorro de leche que le resbaló por los muslos. Al final, las dos se quedaron tiradas en la cama, jadeando y sudorosas, con el consolador aún goteando entre ellas, mientras se reían como locas por lo intenso que había sido el polvo.