Mamacita con medias de red folla con un desconocido
La mamacita llevaba esas medias de red que le apretaban el culo respingón como si fueran su segunda piel, y esos tacones de aguja hacían que cada paso suyo fuera una invitación al pecado. Él no pudo evitar seguirla con la mirada cuando entró al ascensor, oliendo ese perfume barato mezclado con el sudor caliente de su entrepierna, que ya le dejaba las bragas empapadas sin necesidad de tocarlas. En cuanto las puertas se cerraron, ella se giró, le clavó esos ojos de loca y le susurró al oído que no era su madre pero que podía ser peor, mientras le agarraba la polla dura como una barra de acero a través de los pantalones. Él no necesitó más excusas para empotrarla contra la pared del ascensor, subiéndole ese vestido hasta la cintura para dejar al descubierto un coño depilado y brillante, listo para ser devorado. Con un tirón brusco le arrancó las medias de red, dejando al aire ese culo redondo y prieto que no pudo resistirse a morder mientras le metía dos dedos bien adentro de su concha chorreante, haciendo que ella soltara un gemido gutural que resonó en el metal frío del ascensor. Él se quitó el cinturón con manos temblorosas, dejando la polla erguida como un mástil a punto de izar velas en alta mar, y ella se arrodilló en el suelo sucio del ascensor, con esos tacones clavándose en la madera, para tragársela entera hasta notar el sabor salado de su corrida anterior en la punta. Él le agarró la cabeza con fuerza, empotrando su verga hasta el fondo de la garganta mientras ella ahogaba los gemidos con la polla bien metida, sintiendo cómo le escocían los labios pero sin importarle un carajo mientras le chorreaba babas por toda la barbilla. Cuando ya no pudo aguantar más, la levantó en volandas, le abrió las nalgas con las manos y le escupió en el culo para prepararla, metiéndole el dedo pulgar bien adentro hasta hacerla gritar como una puta en celo. Con un empujón brutal la clavó contra el espejo del ascensor, sintiendo cómo el coño se le abría como una boca hambrienta alrededor de su polla, que entraba y salía a toda velocidad mientras ella le suplicaba que no parara, que la rompiera entera, que la hiciera gritar hasta que todos en el edificio supieran quién era la verdadera mamacita del ascensor. Él le dio la vuelta sin piedad, le levantó una pierna y se la clavó por detrás con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el culo le temblaba con cada embestida y cómo el coño le apretaba la verga como un puño húmedo y caliente, hasta que ambos estallaron en un orgasmo tan intenso que el ascensor entero parecía temblar con sus gemidos entrecortados y los chorros de leche que le llenaron hasta la garganta y el coño, dejando marcas de corrida por todas partes.