Madrastra con medias negras se empala en polla al aire libre
Llevaba días fingiendo que no me miraba cada vez que me quitaba la camisa en el jardín, pero hoy no pudo aguantar más: la muy zorra se plantó delante de mí con un body negro de encaje que le marcaba el culito prieto y unas medias que le apretaban los muslos como si fueran a reventar. Sin decir ni pío, se agachó sobre el césped con las piernas abiertas, mostrando ese coño depilado y brillando por cada gota de jugo que le resbalaba entre los labios, mientras se bajaba las medias hasta los tobillos para dejarme ver cómo esa grieta húmeda le latía al ritmo de su respiración entrecortada. Yo no me lo pensé dos veces: le agarré la coleta y la empotré contra el suelo boca abajo, sintiendo cómo su culo temblaba al sentir mi verga dura rozándole el agujero apretado que ya se le abría sin pudor, pidiendo a gritos que le metiera hasta el fondo sin piedad. Con un empujón brutal se la clavé de una sola vez, y el sonido de su gemido agudo mezclado con el crujido de las hojas bajo nuestros cuerpos fue música pura para mis oídos, mientras sus tetas botaban sin control dentro de ese sujetador de encaje que apenas contenía su carne rebelde. La madrastrasita no tardó en ponerse a cuatro patas como una perra en celo, moviendo ese culo relleno de arriba abajo para que cada embestida me hiciera llegar hasta su matriz, y cada vez que mi pelvis chocaba contra su carne le arrancaba un aullido que se perdía entre los árboles del vecindario, haciendo que hasta los pájaros callaran de la vergüenza ajena. Le metí los dedos en la boca para que me chupara mientras le follaba el culo como si no hubiera mañana, sintiendo cómo ese agujero se le abría cada vez más con cada embestida, tragándose mi verga hasta la base sin protestar, con la saliva resbalándole por la barbilla mientras sus ojos se le ponían vidriosos de puro morbo. Cuando noté que su coño ya no podía aguantar más, le solté la coleta y le agarré las caderas con fuerza para clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba como una cuerda a punto de romperse, y entonces explotó en un orgasmo que le hizo soltar una sarta de palabrotas entre gemidos, mientras su culo se contraía alrededor de mi verga como si quisiera tragársela entera. Yo no me detuve ni un segundo: seguí empotrándola con saña hasta que noté que mi leche le llenaba las entrañas, y el líquido caliente le resbaló por los muslos mientras ella se dejaba caer boca abajo sobre la hierba, jadeando como si acabara de correr una maratón, con las medias negras ahora totalmente desordenadas y manchadas de tierra y de los jugos que le habían salido a chorros. Todavía le quedaban fuerzas para girarse y mirarme con una sonrisa de puta satisfecha, mientras se llevaba los dedos a la boca para lamerse los restos de mi corrida que le habían quedado en la lengua, como si quisiera asegurarse de no perder ni una gota de ese sabor que tanto le ponía.