Rubia milf caliente con polla monstruosa empotrada
La rubia de tetas enormes y piernas largas llevaba días coqueteando con él en la puerta del ascensor, mordiéndose los labios cada vez que le veía pasar con esa sonrisa pícara que le volvía loco. Cuando por fin la tuvo dentro del apartamento, con las medias de encaje negro bien tensas y los tacones clavándose en el suelo, no pudo aguantarse más y la empujó contra la pared del recibidor. Ella gimió al sentir su mano deslizándose entre sus muslos, notando cómo su coño ya estaba empapado de lujuria, la tanga empapada pegada a sus labios como si suplicara por una follada brutal. La milf se clavó contra su cuerpo, restregando sus tetas contra el pecho de él mientras le mordía el cuello con fuerza, sus uñas rojas arañando la espalda ancha mientras gruñía: 'metemela ya, cabrón, que me tienes loca'. Él no necesitó más invitación: le arrancó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto ese coño depilado con piercing en el clítoris que brillaba bajo la luz tenue, y la alzó en volandas para empalarla contra la puerta. Ella chilló de placer al sentir su polla monstruosa abriéndose paso dentro de su coño estrecho, cada embestida haciendo que sus tetas rebotaran como si fueran de goma, los pezones duros como piedras rozándole el pecho. La milf gemía sin parar, sus gemidos ahogados por los besos húmedos que le daba en la boca, mientras él la embestía con tanta fuerza que las caderas le golpeaban contra la madera de la puerta con un sonido seco. 'más duro, más fuerte, córrete dentro de mí, llénamela toda', le suplicaba ella entre jadeos, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga como si quisiera tragársela entera. Él no pudo resistirse más: sacó la polla hasta dejar solo la cabeza dentro y volvió a empalarla con un golpe seco que la dejó sin aire, entonces sintió cómo su corrida caliente le inundaba las entrañas, el coño de ella contrayéndose en espasmos mientras se corría con él, los dos temblando de placer con los cuerpos pegajosos de sudor y semen. Cuando por fin la bajó al suelo, ella se quedó jadeando contra su pecho, con las piernas temblorosas y los labios hinchados de tanto morderse, mientras él le susurraba al oído: 'la próxima vez te empalo en la cama y te hago gritar hasta que te quedes afónica'.