Entrenadora cachonda se traga la verga gruesa del coach
Ya llevaba media hora sentada frente a él con esos lentes de pasta que le daban un aire de puta profesional mientras le explicaba los ejercicios de calentamiento, pero la verdad es que no podía apartar la vista de ese bulto que le marcaba los pantalones ajustados del musculoso entrenador. Cuando él se agachó para ajustarle las zapatillas, ella no pudo resistirse y le pasó la lengua por el labio inferior antes de soltar un gemido ahogado mientras le agarraba el muslo con fuerza, sintiendo cómo ese pedazo de polla palpitaba bajo la tela. Él no necesitó más invitación: la levantó en volandas y la sentó sobre la mesa de reuniones, arrancándole el vestido hasta dejarle las tetas al aire, duras y pesadas, con los pezones duros como piedras que él no tardó en morder mientras le bajaba las bragas de encaje negro. Ella gritó cuando le metió dos dedos en el coño empapado, probando lo caliente y apretada que estaba, pero antes de que pudiera correrse él ya la había puesto a cuatro patas sobre el sofá de cuero, con el culo redondo y prieto moviéndose sin control mientras le lamía el coño desde atrás hasta dejarla temblando. La follada empezó suave, con él agarrándola de las caderas y empujando esa verga gruesa que entraba y salía sin piedad, mojando los muslos de ella con sus propios jugos cada vez que se empalaba hasta el fondo. Los gemidos se mezclaban con los golpes de carne contra carne, el sonido de los lentes cayendo al suelo y el olor a sexo que inundaba la habitación mientras él le apretaba las tetas con una mano y con la otra le frotaba el clítoris hinchado hasta que ella no pudo más que gritar su nombre y correrse en chorros gruesos que le resbalaban por los muslos. Él no se detuvo ahí: le dio la vuelta, le abrió las piernas y se la folló de rodillas, con la polla clavada hasta la garganta mientras ella le chupaba los huevos y le mordía el prepucio con desesperación. Cuando por fin se corrió, fue con un chorro espeso que le llenó la boca y le corrió por la barbilla antes de que él se la enterrara hasta las pelotas en el coño, descargando toda su leche caliente mientras ella se retorcía bajo su peso, sin fuerzas para moverse pero con el coño aún temblando de los últimos espasmos del orgasmo.