Dos latinazos se pasan la polla sin parar
Llevaban horas en el motel borrachos y sudando, cuando uno le agarró la verga al otro sin aviso mientras le susurraban al oído lo que querían hacerle. La primera mamada fue lenta, con la lengua recorriendo cada vena gruesa de esa polla morena bien dura, saboreando el precome que ya le escurría por la punta. El otro se dejó caer de espaldas en la cama y le pidió que se la metiera por el culo sin piedad, sintiendo cómo las pelotas le golpeaban las nalgas cada vez que se la clavaba hasta el fondo. El primero no pudo resistirse y se la tragó entera mientras gemía fuerte, con la saliva resbalándole por la barbilla. La segunda vuelta fue al revés: el que estaba arriba ahora se dejaba empotrar contra el colchón, con las piernas en alto y los pies temblando mientras su compañero le metía la verga hasta las entrañas. El sudor les corría por la espalda, mezclándose con el olor a sexo y a lubricante barato del motel. Uno le agarró los huevos al otro mientras le susurraba en la oreja que se corría dentro, que quería sentir cómo se le llenaba el culo de leche caliente. Los gemidos se volvieron roncos, los cuerpos se enredaron en sábanas arrugadas y el colchón crujía con cada embestida profunda. Al final, los dos acabaron tirados en el suelo con las pollas aún duras, uno con la leche goteándole por los muslos y el otro lamiéndole los huevos hasta que se le puso otra vez dura como una piedra. Se rieron como locos, sudados y satisfechos, sabiendo que esa noche no la olvidarían fácil.