Mi hermanastra flaquita me deja follarla sin control
La muy zorra lleva días provocándome con esos jeans ajustados que se le clavan en el culo cuando pasa por mi lado, pero hoy no resistí más: mi mujer se fue a trabajar y la muy puta me miró con esos ojos de perra en celo mientras le pasaba la lengua por los labios. Sin pensarlo dos veces, la agarré de la cintura y la empotré contra la pared del pasillo, sintiendo cómo sus tetas pequeñas y blandas se aplastaban contra mi pecho mientras le arrancaba la blusa de un tirón. Ella gimió fuerte cuando le metí los dedos por entre las piernas y noté que su coño estaba ya empapado, listo para que le metiera la polla hasta el fondo sin piedad. La levanté en vilo y la senté sobre la mesa de la cocina, abriéndole las piernas para ver cómo su conejito rosado temblaba de anticipación, antes de clavármela hasta las bolas con un golpe seco que le hizo gritar como una loca. La follé sin compasión, sintiendo cómo su culo flaquito rebotaba contra mis muslos con cada embestida, mientras ella se aferraba a mis hombros arañándome la espalda y suplicando que no parara. Le metí los dedos en la boca para que chupara mientras le llenaba el coño de leche caliente, y cuando por fin me corrí dentro de ella, la muy puta se retorció de placer y me rogó que la usara otra vez. Sus tetas pequeñas y caídas se movían como gelatina cada vez que la embestía con fuerza, y su piel sudada brillaba bajo la luz del atardecer mientras yo le dejaba los muslos llenos de mi leche espesa. Ahora está tirada en el sofá, jadeando y con las piernas temblorosas, pero sé que en cinco minutos volverá a buscarme con esa mirada de perra necesitada que me vuelve loco.