Mi hermanastro me empotra duro en casa sola
Llevaba semanas con el corazón a mil cada vez que sus manos rozaban mi cintura al pasar por el pasillo, pero hoy no pudo resistirse cuando me encontró en el sofá con ese vestido ajustado que me marcaba el culo redondo como si fuera un imán. Sin decir ni pío, me agarró del pelo y me arrastró hasta el dormitorio donde ya tenía la polla dura como una roca, lista para clavárseme hasta el fondo. Me tiré de espaldas en la cama con las piernas abiertas de par en par, sintiendo cómo el aire frío me erizaba la piel mientras él se arrodillaba entre mis muslos y me lamía el coño empapado hasta dejarme sin aliento. No aguanté ni cinco segundos antes de que sus dedos gruesos me abrieran más las nalgas y su verga enorme se clavara en mí con embestidas salvajes que hacían temblar todo el colchón. Grité como una puta cuando me puso a cuatro patas y me empotró desde atrás, sintiendo cómo su pelvis chocaba contra mi culo apretado mientras sus huevos me azotaban las piernas con cada envite brutal. Se agarraba a mis caderas con uñas que casi me dibujaban surcos en la piel, gruñendo como un animal en celo mientras yo gemía con la cara hundida en la almohada, ahogando los gemidos que no podía controlar. Cada vez que su polla entraba hasta el fondo me hacía ver las estrellas, y cuando por fin sentí su leche caliente inundándome por dentro supe que ese cabrón me había dejado marcada para siempre. Me dejó hecha un trapo sobre las sábanas, con el coño chorreando, el culo rojo y el cuerpo temblando de placer y de dolor a partes iguales. No me importaba nada, solo quería más, mucho más de esa verga que me había destrozado por dentro pero me había dejado más satisfecha que nunca.