Novia cabalga duro y le escupe leche en la boca
Ella llegó con esa mirada hambrienta de madrugada, el pelo recogido en una coleta que le tiraba del cuero cabelludo mientras se quitaba los calcetines mojados por el sudor de tanto follar anoche. Él ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando ella se le tiró encima, clavándole las uñas largas en el pecho mientras le mordisqueaba el cuello como una loba en celo. La polla se le puso dura al instante, palpitando entre sus dedos cuando ella la agarró con fuerza y se la restregó contra el coño empapado, sintiendo cómo el calor húmedo le quemaba la punta como si fuera lava. La muy puta se subió a horcajadas sin aviso, empalándose hasta la garganta con un gemido ronco que le salió de lo más profundo del pecho mientras sus tetas rebotaban salvajes y sin control. Él le agarró la coleta con fuerza, tirándole de la cabeza hacia atrás para verle la cara desencajada de placer mientras sus caderas se movían sin piedad, follándola con embestidas profundas que le hacían chocar el culo contra sus muslos con un sonido húmedo y obsceno. La boca se le llenó de babas y saliva cuando ella le metió los dedos dentro, tapándole la nariz para que tragara todo el aire antes de que le soltara la polla hinchada y roja para empezar a lamerle las bolas con la lengua gruesa, chupándoselas como si fueran un caramelo prohibido. Él no pudo aguantar más, le agarró la cabeza con ambas manos y se la clavó hasta el fondo de la garganta, sintiendo cómo sus arcadas le apretaban la polla como un puño mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y un hilo de babas le caía por la barbilla. Ella se corrió primero, gritando como una posesa mientras su coño le apretaba la polla con espasmos que le sacudían las caderas sin control, pero él no se detuvo, siguió empotrándola con furia hasta que sintió ese calor espeso llenándole la boca, la garganta, hasta que ya no pudo tragar más y le escupió los chorros blancos por toda la cara, manchándole las tetas, los labios y hasta el pelo de la coleta que aún le sujetaba entre los dedos. La muy zorra se lamió los labios con una sonrisa pícara, tragándose los últimos restos de leche que le quedaban colgando de la comisura de la boca mientras se bajaba del regazo de él con las piernas temblorosas y los muslos llenos de su propio flujo.